En un mundo cada vez más necesitado de síntesis y de etiquetas, es significativa la cantidad de personal que se afana en acuñar términos, cuya contundencia simplifique las explicaciones o, por el contrario, las aumente, dando lugar a conferencias, simposios, tratados, congresos e incluso libros de bolsillo para ser leídos en el transporte público.

 

Suele ocurrir con extraordinaria frecuencia que los expertos, “seudoexpertos” o “autoexpertos”, en cualquier materia, acaben confrontando a la greña y echándose los trastos a sus egregias cabezas, coronadas por el laurel de la vanidad.

Ese aluvión de opiniones, surgido desde debajo de las piedras, puede terminar provocando en muchas ocasiones una sobrealimentación empachosa, que alcanza su máxima expresión en los furibundos enfrentamientos en redes sociales, donde el anonimato de sus integrantes, posibilita vociferar y alardear falsedades con total impunidad, permitiendo que el odio siga siendo una común moneda de cambio.

 

A la violencia se le han colocado diversos apellidos, tal vez con cierto afán de concienciación social y con excesivo celo didáctico para explicar su razón y motivaciones. Eso ha provocado una beligerante respuesta por parte de un sector, quizá minoritario, pero muy ruidoso, que se siente señalado e incluso agredido por ciertos calificativos, a los que se opone de manera franca, repeliendo con uñas y dientes lo que considera un ataque.

La violencia no necesitaba apellidos, porque ya los llevaba de serie. El primero de ellos es supremacista. La acompaña desde su nacimiento, porque la genera y la produce todo aquel que tiene otorgado un papel superior, independientemente del género que biológicamente haya tocado en suerte. El segundo de ellos es machista, porque el supremacismo lo es mayoritariamente en los esquemas sociales, mundialmente implantados y perpetuados en las cuatro esquinas del globo terráqueo.

 

La violencia se ejerce de forma habitual desde la superioridad, porque el individuo o la colectividad se sienten amparados para implantarla, sin más, como método coercitivo. Es evidente que la practica fundamentalmente el hombre porque se siente más fuerte, tanto desde el plano físico como del social.

No me gusta la expresión violencia de género, porque el único género que tiene la violencia es el animal. Sería mucho más adecuada la expresión violencia machista, ya que definiría la situación de forma más correcta. Por eso, tampoco me gusta que se la llame violencia familiar, ya que dicho término conlleva la evidente pretensión de justificarla y reducirla al interior de las casas y a la inviolabilidad del domicilio.

 

En Tenerife, un padre ha ejecutado probablemente a sus dos hijas, aunque, de momento solo se ha encontrado el cuerpo de la más mayor.

Semejante acto de barbarie ha provocado una rasgadura de vestiduras casi general . La sociedad se ha escandalizado y se ha preguntado: ¿Cómo hemos podido llegar a esto? ¿Qué podemos hacer para evitarlo?

Los tremendistas tienen pronta respuesta. Tiran por la calle de en medio y solicitan aumentos de penas o incluso el descuartizamiento en plaza pública, olvidando que algunos de esos asesinos acaban con sus propias vidas, poniendo en cuestión la eficacia de tal sistema punitivo.

 

Siempre hay excepciones, pero casi todos estaríamos de acuerdo en que el método más eficaz para la prevención y erradicación de esas acciones trogloditas, radicaría en la revalorización del sistema educativo y la implantación de la educación para la salud, no solo encaminada al aspecto ambiental y sanitario, sino al social en el más amplio sentido, que permitiría la adquisición de hábitos saludables en todos los ámbitos.

La educación en igualdad y en la igualdad no es que sean necesarias, son imprescindibles.

 

Lo malo es que con la Iglesia hemos topado. Primero en stricto sensu.

 

A este bárbaro, no se le ha ocurrido otra cosa que poner su estrafalaria figura y sus nauseabundas opiniones al servicio del machismo más recalcitrante y repugnante.

Es difícil reprimir la indignación al ver el video de este titiritero de la doctrina católica, en el que con actitud prepotentemente ofensiva responsabiliza a la madre de las niñas del desenlace  del luctuoso suceso y consecuentemente de la ejecución, realizada por el padre de las niñas, al que llegó a calificar de víctima en un mensaje que luego, por lo visto, borró.

Si su postura es deleznable, mucho más lo es el posterior vídeo en el que afirma no arrepentirse de sus palabras con ademán chulesco.

Bien está que semejante energúmeno haya sido apartado de su labor pastoral, aunque, en un primer momento las autoridades eclesiásticas se mostraran reticentes. En mi opinión, de no haber alcanzado el asunto tanta trascendencia mediática, lo más seguro es que ese personaje hubiese continuado campando por sus respetos. 

Lo malo es que, aunque con menos apariencia de mercachifle, otros compañeros de este sujeto piensan de la misma manera que él y propagan las mismas opiniones con menos bombo y platillo.

 

Si estas actitudes son piedras que obstaculizan el que se pudiese llegar a promover una educación efectiva que desterrase comportamientos supremacistas, mucho más lo son las manifestaciones de determinados partidos políticos y su ideología de base.

Su negacionismo ultraderechista, por mucho que quiera ser blanqueado por algunos que copan los asientos de las tertulias televisivas, provoca el asentamiento de la violencia machista y la perpetuación de conductas como la que se ha producido en Tenerife.

Quienes se apoyan en ese partido para alcanzar un poder efímero son cómplices. Pueden cerrar los ojos todo lo que quieran, pueden hincharnos a eufemismos y a mentiras, pero quien se apoya en los que niegan la evidencia y se jactan de ello, son igual de responsables.

Quienes entregan las consejerías de educación a elementos que quieren implantar la educación sexista, a quienes quieren imponer un pin parental para controlar los contenidos educativos y la educación en general serán igual de responsables del retroceso social y de la lacra perpetuada.

 

No basta con colocarse tras la pancarta que rechazan estos individuos. Es necesario enfrentarse a ellos, porque sus actitudes son peligrosas para la sociedad. 

La connivencia y el compadreo político, mucho me temo que producirá un nuevo advenimiento de la sección femenina, los coros y danzas y el paseo bajo palio del señor Abascal montado en el torro de Osborne.

 

Al tiempo.