Cuando yo era pequeño, hace ya una considerable pila de años, cualquiera que pasara por la calle, si era mayor que tú en edad, dignidad o gobierno, se creía facultado para llamarte la atención, corregirte, increparte o, simplemente, molestarte por molestar. Los que sean un poco más mayores o un poco más jóvenes que yo, sabrán perfectamente a lo que me estoy refiriendo.

Cuando eras un niño, casi todo el mundo era mayor que tú, así que lo tenías bastante crudo. Eras el último mono y, por tanto, el paño de lágrimas, en el que los mayores enjugaban su represión y sus frustraciones, que eran muchas y de diversa índole.

No olvidemos que, por entonces, sí estábamos metidos hasta las trancas en una dictadura, pero en una de verdad, tiranizada por un señor bajito, calvo y con bigote, que, además de imprimir su jeta en las monedas y en los sellos, solo permitía en sus dominios lo que se le pasaba por la botonera, o sea, casi nada, y exclusivamente a los que él designaba con su dedo o con su brazo alzado, cara al sol.

 

 

La gente, quieras que no, andaba bastante amargada y hacía pagar el pato a quien consideraba inferior, enfangándose en la quintaesencia de la dictadura.

Al final de mi infancia, cuando tenía nueve o diez años, hicieron su aparición los amigos de mi padre, retratados de la siguiente manera, en mi última novela, La guerra posterior, aún pendiente de intento de publicación:

“Los amigos de mi padre eran un producto, que los talleres del Régimen se habían encargado de elaborar, un producto manufacturado, pero realizado en serie, con escasas diferencias entre los modelos. Todos llevaban, aproximadamente, el mismo sello de fábrica.

Eran los herederos de los veinticinco años de la paz fraudulenta, que habían vendido los mercaderes y los oligarcas. Eran los defensores de la opinión única y de los valores tradicionales, que estaban obligados a inculcar y transmitir, vigilando su cumplimiento.

Igual que le ocurría a la dictadura, que los había originado, estaban aquejados de un complejo de inferioridad, que les autolimitaba el entendimiento”.

Andarían por los cuarenta tacos, soñando con la consolidación de su posición social y con el triunfo, cuyo merecimiento estaba fuera de toda duda y anhelado desde las primeras épocas de privaciones.

 

 

Se les llenaba la boca, cuando nos apuntaban con sus dedos índices, blandiendo la amenaza de la guerra que tendríamos que pasar para enterarnos de lo que valía un peine. No paraban de afirmar que, a los españoles, nos hacía falta mano dura, que no había otra forma de llevarnos al redil.

Le daban la espalda a la cultura, porque no tenían tiempo para perderlo en tonterías. Matriculaban a sus hijos en los más prestigiosos colegios, pero abjuraban de la universidad, nido de vagos, donde los subversivos y los enanos infiltrados malvaban a los jóvenes, poniendo en peligro la paz, que tantos desvelos le había costado al caudillo por la gracia de Dios.

 

 

Se hacían cruces y se rasgaban las vestiduras ante la invasión extranjera, los Beatles y los melenudos, pero tenían sueños eróticos con Brigitte Bardot, Sarita Montiel y los trozos de carne, que dejaban al aire los bikinis y las minifaldas.

Apolíticos confesos de neuronas sin sinapsis y sentimientos ocultos, nunca fueron capaces de abrir los ojos a la realidad. Vivían en un mundo ficticio, instalados en la comodidad y en la ignorancia.

En los últimos años de la dictadura flaquearon. Al fin y al cabo, no eran de piedra. Se dejaron parte de su adhesión inquebrantable en el camino, por aquello de la modernidad y de que lo verde empezaba en los Pirineos. Sin embargo, cuando el adorador del brazo incorrupto de Santa Teresa estiró la pata, abrazaron la fe de Fraga, desde que proclamase que la calle era suya.

 

 

Algunos, los menos, eligieron a Blas Piñar para formar con él y junto a Dios la mayoría, que se otorgaba Fuerza Nueva, contando con la inestimable colaboración de semejante influencia divina.

Los amigos de mi padre desaparecieron hace ya algún tiempo, amortajados con el color sepia de las fotografías apolilladas y carpetovetónicas. Pero, mira tú por dónde, a estas alturas, después de tanto tiempo, se han reencarnado, al grito de “en pie, camaradas”, espoleados por los sones de un cuplé legionario y por proclamas cerriles y beligerantes. Han resucitado, respondiendo a la convocatoria de una güija, tan rancia como el aceite de ricino.

Ahora, aporrean cacerolas, como si no tuvieran nada mejor que hacer o no supieran hacer otra cosa, como si hubiesen renacido para eso.

 

 

Resurgidos de las oscuras catacumbas, aspiran a implantar el ruido en lugar del juicio, que jamás poseyeron. Se enfurruñan, como antaño, pavoneándose de su absoluta e innata carencia de sentido común. Muestran sus fauces soliviantadas, que no pueden ocultar las mascarillas y, a través de ellas, expulsan soflamas guerreras, convertidas en gotículas del tamaño del peñón de Gibraltar, unas, grandes y libres, por supuesto.

 

 

 

Han vuelto, descargando su rabia contra las cacerolas, sacándoles brillo con su fanatismo, su intolerancia y su intransigencia, usurpando la bandera de todos los españoles para apropiarse de ella. Solo ellos pueden llevarla enrollada alrededor, convertidos en los nuevos cruzados, protectores de Tierra Santa.

 

 

Furibundos profetas del odio y de la confrontación, no dudarían en pasear a hombros reproducciones de la momia de la dictadura sanguinaria y opresiva, que tiranizó las calles y los sentimientos de la nación, durante treinta y tantos largos años. Llenarían sus bocas de jaculatorias para glorificar el estado ultranacionalista, católico integrista, autoritario y corporativo, con el que aquel tiparraco, que aún veneran los nostálgicos descerebrados, castigó a todos los pueblos de España.

 

 

 

Los amigos de mi padre, cuando eran de carne y hueso, no lograron joderme la infancia ni la juventud, pese a sus reiteradas e histéricas intentonas. Ahora, convertidos en patéticos zombis de cartón piedra, tampoco conseguirán joderme la vejez, por mucho que insistan desde la sima de su incultura.

Siempre podré cantarles aquello de “¿Qué te quieres apostar a que tengo yo una cosa, que no tiene Putifar?

La nueva proliferación de los amigos de mi padre no es, sin embargo, lo peor que ha ocurrido en el panorama nacional.

 

 

Si poca importancia tienen su mucho ruido y pocas nueces, no ocurre igual con el escándalo, provocado por la agitación de tricornios en el seno de la policía judicial, capaz de corromper, tergiversar y manipular una investigación, mediante la presentación a la autoridad judicial de un informe, que, como poco, se antoja malintencionado, por emplear un término eufemístico y suave, que, francamente, no tiene ninguna gracia.

 

 

Todavía tiene menos gracia que representantes de partidos democráticos, que deberían demostrar que son servidores públicos, no estén preocupados por la actuación de los fabricantes del informe en cuestión. La gravedad de semejante acción supone una flagrante desprotección para el ciudadano de a pie, puesto que deja al descubierto la forma en la que se pueden confeccionar informes determinantes. La investigación carece de importancia. Únicamente importa la opinión del que realiza el informe, lo que deja al investigado en manos del capricho o de las tendencias políticas del informador.

 Un político que se precie tendría que pedir inmediatas explicaciones a la cúpula de la Guardia Civil, por un comportamiento que se antoja profundamente antidemocrático y debería exigir al gobierno, no tanto la clarificación de un determinado cese, que también, sino las oportunas explicaciones para el esclarecimiento de comportamientos, que pudieran ser calificados de sectarios.

 

 

En lugar de ello, el otrora campeón mundial de escupitajo de hueso de aceituna parece que no puede abandonar esa fea costumbre, la de escupir, digo, y solo se preocupa del cese del mandamás de la Guardia Civil y no de la indefensión en la que queda el ciudadano por la impunidad de quien confecciona informes de semejante guisa.

 

 

Visto el comportamiento reiterado que ha mantenido este personaje, durante todo el estado de alarma, no resulta de extrañar que siga alejado de la dignidad que se le debe suponer a un servidor público y continúe chapoteando en el fango de oscuros y cicateros intereses partidistas.

No le ha ido a la zaga la aristócrata de la triple nacionalidad, Caye, para los amigos, que no tiene culpa de los pecados ni del noble linaje de su papi, ¡faltaría más!

 

 

Haciendo uso de la fetidez de su diarrea verbal, ha esparcido sus excrementos, una vez más, llamando terrorista al padre del vicepresidente de gobierno, por aquello de insultar por insultar o mentir por mentir, para que el ventilador siga moviendo la mierda y oculte la proverbial carencia de sustancia de su discurso. Además, lo ha hecho con impunidad, utilizando como escudo la tribuna de oradores del Congreso. No se aleja así de la dignidad, se distancia años luz.

No digo yo que el FRAP, organización a la que, por lo visto, dijo Pablo Iglesias que perteneció su padre, no fuera catalogada de terrorista, sobre todos por papases como los de la protegida del emperador Aznar, pero no habría estado de más que hubiese recordado que el FRAP se disolvió en 1978, con la implantación de la democracia.

 

 

Claro que, como resulta que la muchacha no es de aquí, probablemente, no conocerá nuestra historia, por mucho que haya abrazado nuestra nacionalidad. Por eso, quizá tampoco sabrá que Rafael Blasco, ahora defenestrado y condenado, pero antes mandamás del PP valenciano, con el beneplácito de Zaplana, Camps y la aquiescencia de Aznar, formó parte, según se dice, de la cúpula del FRAP. ¡Hay que ver qué cosas!

Después de este inciso, quiero volver a centrarme en la importancia que tiene el turbio informe de la Guardia Civil, ya que su confección y presentación ha sido la causa de la imputación del delegado de gobierno en Madrid.

 

 

Se necesita tener mucho cuajo para presentar un informe de esas características, en el que queda patente el peso de opiniones personales en lugar del reflejo de hechos demostrados, convirtiéndose la manipulación en el único testimonio verdadero; pero lo más triste de todo es que se necesita una ínfima talla política para no denunciarlo sin ambages. El político que no lo hace no merece la confianza de los votantes. No se defiende a las instituciones, ocultando los actos deshonrosos o los atropellos que estas pudieran cometer, sobre todo, cuando representan un peligro para los propios ciudadanos.

 

 

Ya que los partidos políticos han optado por el canibalismo carroñero y no se han mostrado capaces ni dispuestos a proteger nuestros derechos, sería deseable que la juez, encargada de esta instrucción, actuase con la misma diligencia y rapidez, mostrada en la imputación al delegado de gobierno, poniendo a buen recaudo a los responsables del falaz informe.  

Desde mi punto de vista, sería una actuación inexcusable, mucho más adecuada que la vana pretensión de solicitar a un forense la demanda de una certificación absolutamente imposible de sostener, bajo los principios de la buena práctica médica.

Malos tiempos para la lírica, si no se depuran responsabilidades.