Esa es la sensación que, seguramente, se nos ha quedado a muchos, rondando, cuando hemos escuchado la noticia de la muerte de este genial artista: Tristeza.

Enseguida, inevitablemente, nos han venido a la cabeza cientos, miles de viñetas, almacenadas en nuestras memorias, que creíamos olvidadas  y que han aparecido de repente para rendir nuestro particular homenaje. Y sí, no hemos podido evitar cientos o miles de sonrisas, cientos o miles de aplausos al genio desaparecido, cientos o miles de recuerdos. Porque para algunos, tal vez para muchos, Forges formaba parte de nuestras vidas. Su muerte, sin ninguna duda, nos ha arrancado un trozo de ellas.

Conocí la obra de Forges en mi primer año de carrera universitaria, allá por el lejanísimo 1971. Me conquistó inmediatamente. Su capacidad de observación y su inteligencia me parecieron admirables. No tuve dificultad para introducirme en su universo y convertirme en un fiel seguidor.

No tengo intención de realizar un panegírico, por mucho que crea que se lo merece, simplemente, quiero manifestar mi admiración y mi gratitud a un artista con el que compartí la visión de una realidad cotidiana. Lo cierto, es que me la hizo mucho más divertida.

Será raro acostumbrarse. Sentiré una especie de vacío ante la ausencia de una nueva viñeta. Gracias, Forges, por todas las maravillosas que nos regalaste.

Con la tristeza en la sonrisa, en honor de tu recuerdo, he conseguido sacudirme de encima la pereza intelectual, que me había invadido los últimos meses, para reencontrarme con este blog y continuar discurriendo por él de nuevo.

 

Seguirá habiendo en mi corazón un pequeño hueco donde conservar tu memoria.

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