Confieso que, a raíz de los últimos acontecimientos políticos en Cataluña, no he podido quitarme de la cabeza la extraordinaria película de Buñuel. La imposibilidad de los personajes para poder llevar a cabo su cena me parece la mejor parábola surrealista para definir la actitud de los políticos de uno y otro signo, que hemos padecido los ciudadanos de todos los rincones de España.

 

 

Como a los espectadores de esta secuencia, sólo nos queda el abucheo. El espectáculo que nos ha ofrecido y que, mucho me temo, va a seguir ofreciéndonos una gran parte de la clase política que sufrimos, ha sido bochornoso y vergonzante. Un nutrido grupo de representantes políticos ha renegado de su condición y ha abrazado la única religión que es capaz de profesar: la politiquería.

Politiquería: Degeneración de la política. Intervención en la política con propósitos turbios, para ganancia personal o de un grupo, aprovechándose de forma egoísta del poder o la posición pública.

Aunque pueda tomarlos como excusa, la politiquería no tiene nada que ver con los intereses generales de una población.

Ejemplos de uso: “La politiquería se desarrolla en medio de intrigas, maniobras, bajezas, impreparación y oportunismo de sus protagonistas”.

“El altruismo de la política es suplantado por el egoísmo de la politiquería”.

“Los verdaderos móviles de la politiquería son la voracidad por el dinero o el poder, o la envidia, el rencor y los celos”.

La politiquería se diferencia de la política en que esta última tiene una noble misión de consagración al interés general y de servicio a los demás.

 

La politiquería ni siquiera tiene un discreto encanto como la burguesía reflejada por Buñuel. Su encanto es inexistente. La falta de respeto con la que hemos sido tratados los ciudadanos es absolutamente intolerable. La ofensa a nuestra inteligencia ha alcanzado cotas espeluznantes. Y todo, ¿para qué o por qué? Sólo para tratar de poner a salvo el culo propio, después de haber permitido, unos y otros, que la situación se  haya corrompido de la forma que lo ha hecho.

 

 

Igual que los personajes buñuelianos, estarán condenados a vagar en silencio, recorriendo la carretera, que lleva a ninguna parte. Su nula capacidad de comunicación y su falta de voluntad para llevar a cabo su trabajo les incapacita como servidores públicos y, lo que es peor, hasta como personas. Si tuvieran la vergüenza de la que carecen deberían coger el portante y desaparecer, haciendo mutis por el foro, enrollando su fracaso y dejando paso a nuevos políticos, cuya talla no sea tan microbiana como la demostrada por los inútiles que nos han puesto a los pies de los caballos.

 

 

La talla política de Mariano Rajoy está fuera de toda duda. Es infinitesimal. Siempre lo ha sido y siempre lo será. No necesitábamos la demostración de la proverbial zafiedad de su actuación (¿o sería mejor decir de su catatonia?) para comprobarlo o, por lo menos, yo no lo necesitaba. Tampoco lo necesitaban sus votantes, cuya fidelidad inquebrantable, siempre y cuando no haya muestras de flaqueza o titubeo, le sobraría en estos momentos para alcanzar una mayoría mucho más holgada en el caso de unas hipotéticas elecciones generales. Hay mucha más gente de la que parece a la que le gusta que se siembren vientos que, inevitablemente, desencadenarán tempestades.

 

 

La talla que no conocía era la de Puigdemont. Jordi Évole se encargó de descubrírmela.

A la altura del betún, que se dice, quedó el angelito. Apañados están los catalanes con semejante monigote, aunque igual de apañados están con sus representantes independentistas, después de la conga que se marcaron a primeros de septiembre en el Parlament, insultando a la libertad, faltando al respeto a sus oponentes políticos, pisoteando las más elementales reglas de la democracia, escupiendo a la institución catalana y pasándose por el forro su propio reglamento. La chirigota, exenta de gracia por completo, secuestró al nacionalismo, lo redujo a cenizas y lo convirtió en un totalitarismo bananero de barracón de feria.

 

 

Pésima me parece la actuación y actitud de quien se ha comportado como un títere sin norte ni sustancia política, pero más dolorosa y lamentable me parece la pérdida de raciocinio de aquellos a quien tenía por políticos de mayor enjundia, como Oriol Junqueras y, sobre todo, Joan Tardá. No me vale que se descuelguen con frases parecidas a No nos han dejado otro remedio. El remedio no puede pasar por entronizar a Maquiavelo ni, mucho menos, por mentir de forma reiterada y descarada, tergiversando la verdad, arrimando el ascua a su sardina, encizañando y jugando con los sentimientos de un pueblo, al que han pretendido engañar y del que se han burlado de mala manera. Por cierto, señor Junqueras, qué es eso dels països catalans, ¿imperialismo de izquierdas?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡Qué lastima! Tampoco tienen la altura mínima exigible. No pueden montar en la montaña rusa, se tienen que quedar en tierra. Si la única salida que les queda es la huida hacia delante, pronto se despeñarán por el túnel del tiempo, camino del olvido. Claro que, a lo mejor, se consuelan con las salidas de pata de banco del sarcástico rey de los ciento cuarenta caracteres, incapaz, tal vez de escribir ciento cuarenta y uno por falta de argumentos, a menos que se los invente, como ha tomado por costumbre.

 

 

¿Cómo olvidarnos del superpresidente, al que las CUP presumen de haber defenestrado? La hemeroteca resulta implacable con Artur Mas. Por la boca muere el pez.

Lo cierto es que el delfín del Napoleón de la Generalitat, l’hereu Pujol, se hinchó literalmente, durante un par de años o más, a lanzar proclamas, convertidas en titulares de prensa, en las que aireaba a los cuatro vientos las bondades de la hipotética secesión, asegurando que las empresas harían cola para instalarse en la nova Catalunya y que ninguna la abandonaría, apelando a una suerte de matrimonio canónico, plagado de argumentaciones peregrinas, que giraban como la pescadilla que se muerde la cola y que no resultaban muy comprensibles.

A día de hoy, con la realidad de la estampida de gran parte de las empresas del Ibex catalán desmintiendo su vergonzosa euforia politiquera, el president destronat se muerde la lengua, a riesgo de envenenarse, y dice:  “Para ser independientes hacen falta algunas cosas que aún no tenemos: control de infraestructuras, de aduanas y fronteras, que la gente pague a la Hacienda catalana y una Administración de Justicia que haga cumplir las leyes del Parlamento catalán”. Tararí que te vi, querido.

 

 

Lo de las CUP me parece de traca. ¿En serio creen que su supuesta república catalana estaría en condiciones de construir una banca nacional, después de la fuga de los principales bancos de su territorio? ¿En qué especie de mundos de Yupi viven? ¿Es que todavía no se han dado cuenta de quiénes son los dueños del dinero y de los pisos que sueñan distribuir entre los necesitados? ¿Todavía no saben quién detenta el poder? ¿No saben cómo se las gastan? ¿Qué han hecho hasta ahora para evitar que la autonomía catalana sea la que mayor porcentaje de sanidad privada tiene en todo el territorio nacional? No basta con autodenominarse antisistema. ¿Dónde está su activismo? ¡Ah, claro! Los recortes y la sanidad privada son por culpa de la pérfida España. La utópica república feminista catalana pondría freno a siglos de dominación e injusticia y repartiría los billetes del Monopoly a partes iguales entre todos los ciudadanos, ¿no? Y colorín, colorado.

Por cierto, Antonio Baños, emigrado por cabreo de las CUP a la plataforma Súmate (autora del ejemplar tuit, señalando a Jordi Évole con el famoso cartel de “se busca”), tuvo la desfachatez histórico-política-social de equiparar la desobediencia del Parlamento catalán a la de Rosa Parks. Y se quedó tan pancho.

 

 

También he comprobado, francamente con dolor, la disminución progresiva de la talla de Pablo Iglesias, convertido en una especie de diminuta Alicia en el País de las Maravillas, después de comerse la parte equivocada del hongo. Su ambigüedad ambigua, su necesidad de contentar  a externos e internos coaligados, cierto desenfoque en el periscopio y en el punto de mira de sus intenciones y un incorrecto uso del lenguaje le han hecho dilapidar una gran parte de la ilusión que generó en su día y que veo muy difícil pueda recuperar.  No considero que enarbolar la bandera de la demagogia y usar el twiter como Trump sean los mecanismos que su partido necesita para crecer y consolidarse. Me gustaría aclararle una cosay a Joan Tardá también. A ambos, se les llenó la boca utilizando el término “presos políticos”. Quizá no se dieron cuenta de que no es lo mismo presos políticos que políticos presos. Los políticos no tienen patente de corso para hacer lo que le salga de las narices. ¿O es que ya no nos acordamos de aquello de la casta?

 

 

La bandera del 155, enarbolada con vehemencia por Abert Rivera, satisfará sin duda a un buen número de sus teóricos votantes, que lo pueden contemplar como un estadista moderno, pero su machacona insistencia, según mi opinión, no deja de ser más que una petición de humillación a sus adversarios políticos, no exenta de cierto revanchismo, dejando al descubierto su incapacidad de diálogo inicial para haber reconducido la situación. Sus intereses electoralistas le hacen olvidar el nutrido grupo de independentismo que ha florecido en Cataluña. Su efervescencia en el desprecio a esa voluntad puede provocar que el tiro le salga por la culata.

 

 

 

 

 

 

 

 

El voy, pero no voy, el apoyo, pero repruebo y el constante bombardeo de los dinosaurios del partido dificultan el camino del PSOE en esta andadura, como en otras muchas, provocando fisuras en la unidad de un  partido, que no parece terminar de tener las cosas claras o, por lo menos de transmitirlas de una manera eficaz. Al menos, esa impresión le da a uno que no es ni militante ni votante socialista.

 

 

En fin, un tótum revolútum, cristalizado en el referendum por cojones del Govern Catalán y en el empecinamiento en el no nos moverán del Gobierno de Rajoy, blandiendo el estricto espíritu de la ley, ha alimentado una sinrazón, llevada al más puro enconamiento, aderezado por las represivas hostias como panes de las fuerzas antidisturbio nacionales y el discutible comportamiento de los mossos, en algún que otro caso.

De cualquier manera, la conclusión que se puede extraer del comportamiento de las respectivas fuerzas políticas pone de relieve su pétreo inmovilismo recalcitrante y su nula capacidad de diálogo.

 

 

La irresponsabilidad política de unos, otros y todos ha desembocado en la instauración de un conflicto, que parece más un enfrentamiento entre los grupos ultras de dos aficiones futboleras, defendiendo sus colores sin capacidad de discernimiento. La pasión ha desbordado el terreno de juego, a golpes de banderazos de estelada y de enseñas constitucionales. A ver quién la tiene más grande.

 

 

Mal asunto, porque la manipulación bidireccional ha sido y es tan intensa, que las ramas no les permiten a la mayoría poder vislumbrar el verdadero bosque ni, probablemente, la auténtica dimensión del problema. Mi bandera y yo tenemos razón, gritan unos y otros como único argumento, sin escucharse.

Semejante batiburrillo ha provocado un aluvión de bulos, noticias falsas y burdas manipulaciones constantes, desde uno y otro costado, con el único fin de demostrar que se tiene una razón, desafortunadamente, muy alejada de la realidad. Es difícil dilucidar la veracidad de diferentes informaciones, cuando tocan la fibra del sentimiento, pero flaco favor se hace a la verdad con su masiva propagación a través de las redes sociales sin el menor rigor a la hora de las comprobaciones.

El equilibrio y la sensatez se han ido al garete. Supuestos eruditos han contribuido a la ceremonia de la confusión, dando validez a bulos descarados, como a supuestas fracturas de los dedos, uno a uno, por ejemplo.

 

 

En este sentido, comparto plenamente la opinión de Paolo Lüers: “Si la política es demasiado importante como para dejarla sólo en las manos de los políticos, mucho más peligroso es dejarla en las manos de troles anónimos y publicistas”.

En el año 73 del pasado siglo, compré un póster en Andorra. Los rostros de los jugadores del equipo de fútbol habían sido sustituidos por los de varios líderes políticos mundiales, incluido el Papa (Pablo VI, en aquellos momentos). Me acompañó durante los últimos años de carrera en Valencia. Por desgracia, se rompió y no puede conservarlo. Recordándolo, me he permitido realizar una particular visión de la actualidad.

 

 

Las propuestas de mediación actuales (¡A buenas horas, mangas verdes!), después del daño que unos y otros han hecho al conjunto de ciudadanos y del abismo, que han abierto bajo nuestros pies, sólo echan más leña al fuego de la hoguera de la incapacidad de unos políticos, que hace tiempo abandonaron la política para dedicarse en cuerpo y alma a la politiquería. Menos mediación y más capacidad de trabajo y responsabilidad, extensible a otros actores de esta esperpéntica película.

 

 

Desgraciadamente, todos estos actores se resistirán a levantar el culo de su asiento. Se han pegado a él con Loctite, y no los podremos sacar de allí ni con espátula. No abandonarán la película, porque no tienen el menor atisbo de vergüenza. Como decía mi madre, la vergüenza era verde y se la comió un burro.

¡Qué maravilloso sería que toda esta patulea se largase de una puñetera vez para dejar paso a verdaderos políticos, que tuviesen muy claro su compromiso social y renegasen del inexistente encanto de la politiquería!

Como eso no va a ocurrir, ojalá resucite Buñuel para retratar sus miserias en otra extraordinaria película.

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