A finales del 68 o, tal vez, a primeros del 69,  escuché por primera vez las canciones de Lluís Llach, concretamente  este LP.

 

 

Fue en casa de mi gran amigo Pepe Cubí, por desgracia ya desaparecido, en la que se hablaba un catalán de idéntico pedigrí al del joven cantautor, puesto que procedían del mismo entorno gerundense, aunque se habían afincado en Alicante.

Defensor de las raíces, mi amigo mantenía viva la llama, comprando los discos de la nova cançó y el diario deportivo Dicen, que llegaba a Alicante con un día de retraso.

No tardé mucho en comprender el significado parabólico de L’estaca. Poco más tardaron en comprenderlo en toda España, convirtiéndola en un himno de libertad. No fueron sólo las gargantas catalanas quienes lo entonaron, sino las de muchos españoles, otorgándole la grandeza del objetivo común.

Tuve ocasión de comprobar que L’estaca se había convertido en un himno a la libertad, pero en un himno de todos, cuando asistí a un recital de Lluís Llach, en el Teatro Principal de Valencia, en 1973.  A la salida, una nutrida horda de grises aguardaba a las puertas del teatro. Por fortuna, no se produjo una temida carga, que hubiese quebrantado más de un hueso y hubiese llevado a otros cuantos al calabozo. Definitivamente, la estaca estaba muy carcomida.

 

 

Pese al mal viento que se lo llevó, l’avi Siset reposaba en paz con la satisfacción de saber que, primero, su nieto propagaba su canto y, por fin, que la estaca carcomida se había derrumbado, abriéndole las puertas a la libertad.

Esos nuevos aires trajeron consigo la Consitución, aprobada por el conjunto de los ciudadanos del Estado y una posterior autonomía para el pueblo catalán.

El paso del tiempo resulta implacable, sin embargo. El nieto de l’avi Siset ya no canta. Se metió a parlamentario. Ahora, sólo hace twiters o declaraciones institucionales.

 

 

 

“Los funcionarios que no cumplan la ley de transitoriedad serán sancionados”

 

El nieto de l’avi Siset no ha necesitado la guitarra. Ha cantado a capella la nueva versión de L’estaca. Ahora, se llama “La tranca”. El corresponsal de Libération lo ve así.

 

 

“Lluís Llach, de cantante amenazado a diputado amenazante”

 

El espíritu de l’avi Siset se ha quedado perplejo ante semejante transformación y ante los compañeros de viaje elegidos por su nieto para tronchar Cataluña en dos, a base de trancazos, chulerías, victimismos, amenazas y saltos con pértiga a la legitimidad y a la libertad.

En medio de ese tótum revolútum, uno de los aspirantes a la medalla de oro de los ciento cincuenta caracteres impone su ley, la del embudo, por ejemplo.

 

 

¿Callos? Los del señor Rufián llevan garbanzos. El señor Coscubiela, en cambio, tiene las ideas claras.

 

 

“La fama en Twitter dura menos que en Eurovisión, me la refanfinfla”

 

Otros compañeros de viaje, incluso el propio nieto de l’avi Siset, miraron hacia el lado equivocado, permitiendo  que la bagatela del tres por ciento se convirtiera en un tsunami para mayor deshonor y desvergüenza de la familia del nuevo rey Midas, al que casi convierten en presidente perpetuo de la Generaltat. El consenso fue unánime para que él y su estirpe camparan a sus anchas.

Al lado de la más rancia derecha, también se amontonan otros compañeros de viaje, que llevan la etiqueta de antisistema, pero que han permitido con su aquiescencia que la sanidad catalana esté entre las cuatro peores de España en 2016, con un porcentaje de concertación privada que alcanza el 25%.

 

Los Servicios Sanitarios de las CCAA. Informe 2016

 

Por eso y para disimular otras incongruencias, estos últimos viajeros incorporados distraen la atención con la utilización barriobajera y malintencionada del arte gráfico, sin otra finalidad que enturbiar la convivencia, señalando con el dedo de hacer daño.

 

 

Ya sé que pidieron disculpas, probablemente tras el lógico revuelo provocado. Me da igual que lo hicieran con la boca grande o con la pequeña. Para cuando lo hicieron, ya habían logrado más que de sobra sus intenciones. Los pasquines son la máxima expresión de la libertad y de la democracia, ¿verdad?

Como le tienen cogido el gusto a la cosa del cartel, se nos descuelgan con otro, que anuncia sus propósitos en un hipotético e improbable futuro venidero.

 

 

Ya sé que dicen que su república soñada es una república feminista y que la figura de la mujer barriendo lo simboliza, pero no deja de resultar chocante, porque admite una segunda lectura tan clara como alejada de sus pretensiones. Dada la ambigüedad y los bandazos que han dado hasta el momento, cualquier hipótesis podría resultar creíble.

No deja de resultar curioso que, entre los monigotes pasto de la escoba, se encuentren los dos anteriores presidentes de la Generalitat que, si no me equivoco, fueron elegidos por los catalanes sin la intervención de los insidiosos españoles.

 

 

Con una mano dan jabón y con la otra reparten estopa con la tranca, cuando la deja libre el nieto de lávi Siset. Palos de ciego, en medio de frases huecas y consignas ampulosas.

No quiero olvidarme de la diputada, que tenía la edad suficiente como para que la idea del respeto a la democracia estuviese bien sedimentada y arraigada. Sin embargo, de forma absolutista y totalitaria, intransigente y patética, retiró la bandera que no le gustaba del escaño del parlamento, porque le dio la real, perdón, la republicana gana.

 

 

También es una gran compañera de viaje.

Al nieto de l’avi Siset, como a otros compañeros de fatigas del circo que han montado, se les ha puesto cara de mártir, incluso han empezado a sentir una especie de sensación orgásmica en el bajo vientre, ante la perspectiva de un único instante de gloria o lo que sea.  Lo malo para todos ellos es que el espíritu de l’avi Siset no quiere descansar en paz, a costa de la utilización torticera de su sueño, que le están reventando a base de twiters rebosantes de basura.

El delirante espectáculo del parlamento catalán abochornaría a cualquiera que no estuviese cegado por la intolerancia. Si no fuera porque no tuvo gracia, yo diría que fue la sesión más marxiana que uno pudiese imaginar. A la presidenta, sólo le faltó pintarse un bigote, como Groucho Marx, y proclamar: Estos son mis principios, y si no les gustan, tengo otros.

 

 

Si l’avi Siset levantase la cabeza…