Si el Cha-cha-chá tuvo la culpa de que el Caligari se volviera un caradura por la más pura casualidad, JR Ewing la tuvo de sembrar la semilla de la corrupción entre los telespectadores.

 

Hasta la irrupción de este millonario sin escrúpulos de ficción, las series americanas televisivas, siempre habían tenido como protagonistas a médicos, abogados u otras profesiones honorables, cuya función en la pantalla no era otra que aumentar vocaciones universitarias en retroceso, despertando un puro modelo de imitación. La vuelta de tuerca que se produce con el imperio de JR, convierte en objeto de admiración  a un tipejo indeseable con un ansia desmedida por la ambición, el dinero, el poder, el enriquecimiento ilimitado y la corrupción.

En nuestros lares, caló tanto este nuevo modelo social implantado por Dallas, que faltó poco para que un burdo imitador del personaje, Mario Conde, se convirtiese en presidente de nuestro gobierno. La siembra de esos “nuevos valores” sufrió el espaldarazo definitivo con el encumbramiento social y periodístico de la beautiful people nacional, presentada en bandeja de plata por los mandamases socialistas del momento.

Los que decidían lo que se debía ver, admirar y pensar habían encontrado la gallina de los huevos de oro. Para que la vuelta de tuerca fuera perfecta, había que consolidar las admiraciones sobrevenidas. Hacía falta una antagonista femenina del pérfido JR, una indeseable como él, llamada a “normalizar” esas conductas ambiciosas y esos lujos soñados e inalcanzables para el gran público, especialmente el femenino. Dinastía lo logró con el personaje de Alexis no sé cuántos.

 

 

Fue tan grande el tirón del personaje y el de la propia serie, que la mismísima Barbie se vio afectada. La compañía Mattel rizó el rizo, creando unas muñecas inspiradas en la serie. El público infantil también se convirtió en objetivo.

 

Como no hay dos sin tres, Falcon Crest desembarcó también en España, obteniendo un éxito que no llegó a alcanzar en Estados Unidos. Aquí, las siembras anteriores habían dejado el terreno perfectamente abonado. Angela Channing, adornada por las mismas “virtudes” que sus predecesores, se convirtió en un paradigma más de la insidia y la ambición perniciosa. El círculo perfecto se había cerrado. Todas las teclas de la sociedad habían sido tocadas, desde la infantil hasta la de la tercera edad, que dejó de soñar con  los viajes del Imserso y empezó a hacerlo con amasar fortunas y viñedos.

 

 

El daño ya estaba hecho, y era irreparable. El telespectador español quedó atrapado en las redes del pensamiento global, orientado al triunfo de la corrupción y a su establecimiento inevitable en la sociedad. Los defensores del nuevo orden proliferaron como setas y se convirtieron en legión.

Esa normalización de la falta de escrúpulos y del todo vale para lograr el triunfo, la riqueza y el poder, se quedó pegado a las plantas de los pies de una gran parte de la población, como si fuese chapapote. Algunos, incluso, acabaron rebozándose en él.

Los afectados por este síndrome han perdido la perspectiva social y la capacidad de análisis. La línea básica de su pensamiento es muy simple: Consideran la corrupción como, la cosa más natural del mundo,  la única forma de amasar y atesorar riquezas, el único camino a seguir, aquel que no dudarían en tomar, en caso de tener la menor oportunidad, abrazando la misma religión de los bandoleros que han sembrado la vergüenza en nuestra sociedad y han esquilmado las arcas públicas, amparados por esos millones de votos manchados de alquitrán.

 

La mimetización está servida, la conjugación continua del verbo corromper también; la disculpa de los hechos, mucho más.  ¿Cuántas veces alguno de los que sostienen la trama con su apoyo en las urnas os ha preguntado si no habríais incumplido la ley para ayudar a familiares y amigos, en caso de haber ostentado el poder? ¿Cuántas, si no os habrías aprovechado de la situación? ¿Cuántas, si no os habríais enriquecido igual y de la misma forma? ¿En cuántas ocasiones se han reído delante de vuestras narices, diciendo: “Si no lo hubierais hecho vosotros, otros lo habrían hecho”?

Uno más uno, dos. La corrupción tiene el voto asegurado. La culpa es de JR.

 

 

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