Hace un rato que su hija me ha llamado por teléfono. Mi amigo, Vicente Leal, ha fallecido. Su espíritu permanecerá flotando entre las paredes de la sala El Ring, pero el escenario se ha quedado vacío. Su ausencia es demasiado importante.

 

 

No por esperada, la noticia deja de ser dolorosa para mí. He perdido al mejor compañero que pude tener para emprender cualquier proyecto artístico o informático, alguien dispuesto a ilusionarse y trabajar con entrega, puliendo y tratando de perfeccionar los detalles. Pero, sobre todo, he perdido a un gran amigo.

 

 

 

Por mucho que quiera envolver mi dolor con palabras, no quiero disimularlo. Está donde debe estar: ahí adentro, tan solitario como el patio de butacas y el escenario apagado, tanto como El Ring vacío.

 

 

 

 

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