Bien podría ser el título de una moderna novela negra nórdica, pero lo negro es el personaje, aunque en este caso su color predominante sea el oxigenado de bote con reflejos.

In this Sept. 30, 2015, photo, Republican presidential candidate, businessman Donald Trump talks during a campaign stop in Keene, N.H. After seven years of the political drama known as "Obamacare," you might think voters would be tired of big ideas for revamping health care. If so, the presidential candidates seem to have missed the memo. Trump says his replacement plan would be different. He’d make sure everybody in the country is covered, something not even Obama accomplishes. Trump says he’d make a deal with hospitals, and most people would still have private coverage. (AP Photo/Steven Senne)

Tal y como se expresaba sobre las mujeres en 2005: “Y cuando eres una celebridad te dejan hacer lo que quieras, puedes hacer lo que quieras. Agarrarlas por el coño. Puedes hacer de todo”, así ha actuado con América, agarrándola por el coño y reivindicando el derecho de pernada, babeando consignas sobre la supremacía blanca, escupiendo racismo, odio  y xenofobia. Sólo ha faltado que engullera una cerveza y eructara desde su tribuna de orador, aunque, bien mirado, todos sus discursos podrían resumirse en un monumental eructo.

Tengo que confesar que me ha sorprendido un poco su elección, pero algo me barruntaba en los últimos días. La figura del Tío Gilito siempre ha resultado muy atractiva para los yankis que, además, se han hinchado a ver las payasadas de Trump en su reallity televisivo, prolongado ad eternum durante toda su campaña electoral.

 

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Un periodista español, que en sus ratos libres ejerce la profesión de tertuliano de plató en plató, vino a decir, más o menos, en la noche electoral, que América no podía elegir a Donald Trump presidente. Nos espetó que América era la América de Spielberg, de no se quién más y del rock and roll. Y se quedó tan ancho. Con semejante argumento en contra, no es de extrañar que Trump se haya alzado con la victoria. Sólo ha tenido que zarandear a la otra América, desconocida para el inefable tertuliano, por lo visto. Sólo ha tenido que apoyarse, en la América profunda, en la del Ku Klux Klan, en la racista y xenófoba, en la violenta y adoradora de las armas, en la tridimensionalmente inculta.

 

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Esa América ha resultado ser mucho más numerosa que la teóricamente progresista. A lo mejor, es porque ésta sólo es un ente testimonial; a lo mejor, está formada por muy pocos elementos, quizá menos de los que creemos; a lo mejor, sólo existe en la imaginación de los europeos y no en la de los americanos. Tal vez, igual que ocurrió aquí en las últimas elecciones, según se dice, los progresistas no han ido a votar. Total, les daban igual seis que media docena. Por lo visto, daba igual que el honor de las mujeres, especialmente las americanas, fuese pisoteado por quien se había jactado de hacerlo con prepotencia ni que el mensaje de odio se escribiese con letras mayúsculas, igual que las amenazas internacionales y nacionales, ni que el aislacionismo sonase a canción fúnebre ni que resplandeciera el hombre que agarró a América por el coño. Al parecer, todo les daba igual.

 

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Por cierto, hay una cosa que me ha resultado muy chocante en los últimos días. Me ha parecido detectar un empeño de los medios de comunicación en utilizar fraudulentamente el término populista, aplicándoselo a Trump, Marine Le Pen, Geert Wilders y hasta a Amanecer Dorado. ¿Hay algún turbio interés en ello? ¿Qué tejemaneje se traen entre manos? ¿Por qué no llamamos al pan, pan, y al vino, vino? Por muy resbaladizo que resulte el término populista, lo cierto es que Trump es un ultraderechista, Le Pen y Wilders son de extrema derecha y Amanecer Dorado es un partido de ideología neonazi. ¿A qué viene el interés en disfrazarlo?