Definitivamente, no. No es lo nuestro. A lo mejor es la maldición del Gran Capitán, pero en España, las cuentas suelen dejar mucho que desear. Si encima, se meten por medio empresas demoscópicas, ni te digo.

 

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Esto era a pie de urna o, a juzgar por los resultados finales, a pie de metedura de pata.

 

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Esta fue, sin duda, la chapuza numeraria más flagrante, pero no fue la única. Periódicos de papel y digitales, radios, televisiones y, si me apuran, hasta las casas de apuestas, vaticinaban cifras muy distintas a las reales, sorpasso incluido. Pero España no es un país al que la aritmética se le dé especialmente bien.

Ni en su cálculo más optimista, excluidas las esperanzas utópicas, el PP esperaba los resultados que ha obtenido. Pensaba que le iba a chafar la guitarra a Ciudadanos, como así ha ocurrido, pero no esperaba obtener tanta ganancia de pescadores en un río que ha resultado tan revuelto que ha ahogado un millón doscientos mil votos de Unidos Podemos, como si fuese el ejército de Ramsés en el Mar Rojo. Pero las papeletas están ahí.

 

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A mí, particularmente, no deja de sorprenderme que casi ocho millones de españoles, que se supone que viven en el mismo país que yo, hayan vuelto a otorgar su confianza en un partido que ha empobrecido a la sociedad, pese a sus alardes de cifras macroeconómicas muy difíciles de digerir y, sobre todo, lo ha colocado en la peligrosa senda de la pérdida de derechos y libertades, a la sombra de la Ley Mordaza. No quiero decir, ni mucho menos, que cada cual no tenga el derecho a votar a quien le plazca, faltaría más. Eso es incuestionable. Únicamente, me llama la atención que la corrupción se acabe considerando pecata minuta o un asunto etéreo, apartado de la realidad del ciudadano, cuando ha sido una de las más importantes causas de nuestra ruina. Me sorprende la aquiescencia con la corrupción sistemática, así como la táctica de lanzar balones fuera, acusando de corrupto a todo quisque, para justificar lo injustificable. Me sorprende que se considere grandes gestores a quienes no han cumplido con el objetivo de déficit; a quienes han dejado agujeros negros y pufos colosales en las comunidades autónomas, gobernadas a pierna suelta durante tantos años; a quienes no han parado de meter la mano en la hucha de las pensiones, con un último hachazo que la ha dejado temblando, dato publicado, eso sí, después de las elecciones. No deja de sorprenderme, pero el resultado está ahí.

 

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La aritmética del PSOE y de Ciudadanos pasaba indefectiblemente por la prueba de la resta. Han salido mejor parados de lo que se había llegado a pensar y a vaticinar. De todas formas, en el caso del primero, ochenta y cinco diputados se me antoja una cifra raquítica para un partido que presume de ciento treinta y seis años de historia, a la que a veces,  dicho sea de paso, le ha dado la espalda. Demasiada aritmética que, según mi opinión, debería haber desembocado en la lógica y fulminante dimisión de su secretario general, tras haber obtenido los consecutivos dos peores resultados electorales del partido. El caso del segundo es menos angustioso, pero su aritmética tampoco convence, aunque el tiempo, quién sabe, puede serle propicio en el futuro, cuando los vientos del Centro soplen con más fuerza.

El bilibirloque aritmético ha sido protagonizado por la coalición de las coaliciones de izquierda. Unidos, Podemos sacar lo mismo que por separado. Aunque, menos mal que unieron fuerzas, porque, en caso contrario, la debacle de la izquierda habría sido de órdago a la grande. ¿Dónde estará  el millón doscientos mil votos perdido? Seguramente, habrá ido a parar al limbo, junto al carro de Manolo Escobar.

 

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Esta es otra de las cosas de la aritmética electoral que tampoco entiendo y que también me sorprende. El comportamiento del votante, no ya de izquierdas, sino progresista ha sido errático y yo diría que hasta pobre de espíritu. Lo que podía haber sido una eclosión se ha convertido en un batacazo que cuestiona muy mucho la unidad. Tal vez, a la vista del resultado final, alguno de ese millón doscientos mil esté arrepentido de su no voto, como muchos británicos con el brexit. Pero, el resultado está ahí.

La aritmética no es lo nuestro.