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Ésta es la canción, relativa al futuro del gobierno de la nación, más escuchada en los últimos tiempos. No paran de cantárnosla los políticos en activo, que no quieren otra cosa que ser califa en lugar del califa; los políticos retirados, que tiemblan sólo con la posibilidad de perder los chollos adquiridos; los periodistas de medias verdades y los de verdades enteras; los sesudos analistas, consultados aquí y allá, y los sempiternos tertulianos, incontrovertibles, desde cada rincón de cualquier medio televisivo o radiofónico.

Antes de estos tres globos, hubo el simulacro de un primero, que no tenía el nudo bien atado y perdió el aire dando bandazos por la cámara, hasta terminar deshinchado a los pies de Pedro Sánchez, que ya ha hecho historia al conseguir ser el primer candidato que se queda compuesto y sin investidura.

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La suma de los sumandos que no sumaban, pero que construían un trabalenguas con una explicación tan intrincada y tan difícil de  comprender como el tres en uno, contenido en el misterio de la Santísima Trinidad. Un trabalenguas transversal, en el que ciento sesenta y dos, aunque son más que ciento treinta y uno, no cuentan, porque, además, no son políticamente correctos. Así que resulta que hay hallar la derivada de la incógnita y aplicarle la integral del poder económico. Al final, la suma de los sumandos que no sumaban, por muy transversal que fuese la cosa, se quedó en agua de borrajas.

En pleno éxtasis de justificación parlamentaria, los pactantes se dedicaron a llamar independendista a Rajoy por haber votado lo mismo que dichas fuerzas, es decir, no a la investidura, y pepero a Pablo Iglesias por haber votado de igual forma que Rajoy. ¡Viva la Pepa! Es difícil superar este acto de demagogia ramplona. Sin embargo, Óscar López lo consiguió ratificando el falso silogismo, ante los medios de comunicación, y llamando al líder de Podemos Pablo Manuel Iglesias, con acento en Manuel, de idéntica forma a como los curas de mi colegio preconstitucional, cuando querían darse un aire de superioridad, nombraban por su dos apellidos a aquellos que eran objeto de sus diatribas y reprimendas. Sólo le faltó la sotana.

El rey de la espantá, Rajoy Non Grato de Pontevedra, califica a su partido de constitucionalista. Los dos pactantes hacen lo mismo, dando a entender que sólo ellos tres pueden comulgar bajo esa premisa y que, por lo tanto, están condenados a entenderse y a compadrear. No tienen reparo en condenar al resto de partidos al saco del no constitucionalismo, cuando dos de esas patas del taburete se reunieron  con nocturnidad y alevosía, a espaldas del pueblo español, para aprobar un cambio constitucional que todos sabemos a quién favorecía  y, sobre todo, a quién perjudicaba. La tercera pata está plenamente de acuerdo con tan magnos constitucionalistas.

Cabalgando a lomos de esa constitucionalidad alardeada, aparece el primero de los tres globos: ¡El gran pacto!

 

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Tres en raya. La opción deseada y anhelada por los señores del dinero, que no han cesado de disparar sus baterías contra lo que llaman la izquierda radical o la extrema izquierda. Un tripartito europeísta, dicen. Un tripartito, en el que el cabeza de la lista más votada, se empeña en presidir contra viento y marea, porque para eso ha ganao con pan y bacalao las elecciones.

No me llamen Rivera, llámenme pactista, tiende la mano con una bandeja de plata para que le coloquen en ella la cabeza de Mariano Rajoy y pueda enseñarla como trofeo prepacto. Debe de ser una costumbre catalana, a juzgar por la experiencia pasada de la CUP y la defenestración de Artur Mas.

Pedro Sánchez ha explicado la parte del no que algunos no habían entendido y que tanto ha ofendido a otros. Hay cosas que además de no poder ser, son imposibles. O eso dice, porque luego nunca se sabe… Si ha pactado con quien él mismo ha calificado de seguidor de la doctrina de la FAES, ¿sería tan extraño que lo hiciera con los dueños de la idea original? ¡Ay, ay, ay!

Sería un suicidio político, no sólo para Pedro Sánchez, sino para el propio PSOE que, casi con total seguridad, sufriría un considerable descalabro en las siguientes elecciones. En España, pese a lo que pueda parecer, hay cosas que no se perdonan.

Un globo que, desde mi punto de vista, tiene muy difícil poder elevarse del suelo.

Desde las antípodas, aparece el segundo de los globos: ¡El pacto de izquierdas!

 

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Ése que suma, pero no suma y que necesita la abstención de otras fuerzas que parecen proclives a hacerlo. Pero…

Yo creo que el órdago lanzado por Pablo Iglesias con su propuesta de “remodelación” del gobierno es la auténtica línea roja de la negociación. El poner encima de la mesa el número de votos obtenidos por unos y otros es un ejercicio aritmético que el PSOE ha estimado que no le conviene. Sus propias disensiones internas dificultan un pacto con Podemos, del que algunos no quieren ni oír porque mantienen que sería el comienzo de su fagocitación por el partido de Iglesias. Curiosamente, no temen la fagocitación por parte de Rivera. ¿Será que se creen más de izquierdas de lo que son?

Pocas ganas de hacer despegar el globo, me parece a mí.

Desde los mundos de Yupi Sánchez, aparece el tercer globo: ¡El Gobierno del cambio!

 

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Esto, que quizá reflejaría el auténtico resultado de las elecciones y que, sin duda, representa la opción más deseada por el propio Pedro Sánchez, tiene tanto futuro como un  pirulí a la puerta de un colegio.

Ha resultado curioso comprobar como, desde el PSOE, se ha hecho hincapié en manifestar la falta de voluntad de Podemos para formar parte de un gobierno con Ciudadanos, cuando el propio Rivera ha reiterado la incompatibilidad de su partido con el de Iglesias. El agua y el aceite. Tanto dificulta la mezcla una cosa como la otra. Pero todo depende del cristal con que se mire o de las intenciones que se tengan al mirar.

La aspiración de Sánchez sería salir investido con el apoyo de Rivera y la abstención de Iglesias. Pero, ¿qué puede ofrecer a cambio? Es más, ¿le interesa a Iglesias?. Y a todo esto, ¿cuál sería la postura final de Rivera? Demasiadas incógnitas para una ecuación, demasiadas incompatibilidades.

Se me antoja un globo imposible.

 

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El gobierno, como la luna de la canción, es un globo que se nos escapó. Y se nos escapó desde el minuto siguiente al recuento final de los votos en las pasadas elecciones, cuando comprobamos que los sumandos no sumaban ni por arriba ni por abajo, ni tampoco por la derecha ni por la izquierda. La primera impresión quedó ratificada en los siguientes días, cuando la falta de voluntades políticas se hizo patente. El paripé protagonizado por Sánchez y Rivera con el pacto de las doscientas medidas de investidura fallida merece el calificativo de globo sonda.

Vistas así las cosas, un cuarto globo aparece por el horizonte, acercándose de forma inexorable: ¡La repetición de elecciones!

 

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El lobo, cuyas orejas no quieren ver los partidos políticos o, por lo menos, eso proclaman, aunque con la boca pequeña, creo yo.

A mí, la repetición de elecciones no me parece una catástrofe, sino una consecuencia lógica a la situación desencadenada. Lo malo es que los ciudadanos vamos a pagar el pato de un nuevo y tedioso circo con actuaciones repetidas y repetitivas, en el que los actores se saben el texto de memoria y lo recitan como papagayos, sin salirse un ápice del guión. Ésa será la mayor de las equivocaciones y, mucho me temo, que será cometida, porque no hay más cera que la que arde.

Nadie llamará al pan, pan, y al vino, vino. Nadie, ni siquiera Podemos, que alardea de ello, porque si lo hiciera, tendría que abandonar su postura ombliguista, en la que se ha enrocado, autocoronándose como única alternativa de izquierdas y despreciando una coalición con Izquierda Unida, a la que la pura lógica parece invitar e incluso recomendar. Tampoco lo hará el Partido Popular, que no caerá en la tela de araña de un abrazo electoral con Ciudadanos, sabedor de la posibilidad de que Rivera se convirtiese en la ballena, y Rajoy en el Jonás engullido. No descubrirá sus cartas Ciudadanos, manejando dos barajas como un  tahúr del Misisipi, que se encuentra cómodo entre dos aguas, chapoteando como el único heredero reconocido del centrismo. Y el PSOE… ¡Madre mía, el PSOE!

Me hace gracia que las formaciones emergentes, coreadas por algunos periodistas interesados, proclamen el fin del bipartidismo. No sé en qué se basan. Los resultados de las últimas elecciones dictaminan que existe una derecha sólida, aunque comienzan a ser visibles muestras de fisuras en ella, y una izquierda fragmentada, dividida y quizá con pérdida de identidad. El Centro, como no podía ser de otra forma, es cosa de los señores del dinero. ¿En qué casilla de salida se coloca cada candidato? Y lo que es más importante, ¿qué casilla final conquistarán?

 

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