Así deberíamos de llamar a esa sensación individual que en nuestra imaginación nos quiere hacer creer que es colectiva. Es una percepción de cristal y, además, muy frágil, porque se hace añicos con un leve soplido.

Tenemos la costumbre de considerar que aquello que pensamos de forma individual o como pertenecientes a un núcleo reducido es la ley que debe aplicarse al conjunto de los ciudadanos. Decimos con grandilocuencia, por ejemplo, “Los americanos se manifestaron de forma multitudinaria en contra de la guerra de Vietnam”. En realidad, no fue tan multitudinaria la cosa, aunque lo pareciese a través de los medios de comunicación, porque lo cierto es que quince años después, los jóvenes contestatarios, convertidos en maduras piezas del sistema, votaron a Bush, que metió a sus hijos en otra guerra.

Mi percepción de cristal me hace creer que todos los españoles han sido conscientes del comportamiento del Partido Popular y que a todos les han importado las repercusiones derivadas de su actuación, el recorte de derechos sufrido, el recorte de libertades anunciado por la ley mordaza, la destrucción de la clase media, el empobrecimiento galopante de la sociedad, el aumento de la riqueza de los privilegiados, los sobresueldos de los papeles de Bárcenas, la trama, perdón, las tramas de corrupción, los agujeros financieros de las comunidades autónomas que gobernaron hasta mayo pasado, las amnistías fiscales para ricachones y presuntos delincuentes, el caso Rato, la subida de los impuestos, otras cosas que se me quedan en el tintero, como piezas separadas de otras partes, el incumplimiento de las promesas electorales, que no ha impedido un nuevo cacareo propagandístico en la campaña, condenado a un posterior incumplimiento, y, sobre todo, la alargada y espesa sombra de sospecha y de falsedad, rodeando, tanto a dirigentes del partido como a la propia estructura del mismo.

Mi percepción de cristal estalla en mil pedazos, cuando veo que lo que en mí resulta evidente no lo es para el electorado, que se decanta por una mayor intención de voto hacia el Partido Popular. Entonces, me invade una profunda sensación de soledad.

Los españoles somos demasiado sumisos, bastante inmovilistas y muy analfabetos desde el punto de vista político. Se nos contenta con poca cosa. Luego, reclamaciones al maestro armero.

La memoria es una facultad que si no se mima y se trabaja, se desestructura, se convierte en un amasijo irreconocible. No podemos ni debemos olvidar. Un apoyo al continuismo supone una condena para la memoria.

Quisiera concluir con una reflexión de última hora. El puñetazo que un energúmeno ha propinado a Mariano Rajoy en Pontevedra, ha sido, en realidad, una agresión a todos los españoles, especialmente, a aquellos que pensamos que la libertad de expresión y el diálogo son las armas con las que estamos condenados a entendernos.

La violencia gratuita del agresor sólo es comparable a su afán de notoriedad, a su deseo de un minuto de gloria, que sólo puede ser jaleado por gente de su misma calaña.

Es triste y dice muy poco en favor del servicio de seguridad de Mariano Rajoy, que un niñato le haya sacudido un puñetazo con esa tremenda facilidad. Yo me lo haría mirar.