AL FINAL DE ESTE POST, NUEVA ENTREGA DE CANCIONES DEL SIGLO PASADO

 

141.- STRAWBERRY FIELDS FOREVER (1967)

142.- THE FIRST CUT IS THE DEEPEST (1967)

143.- THE LETTER (1967)

144.- WORDS (1967)

145.- AMEN (1968)

 

Simplemente, Lola

 Allá, en pleno verano del setenta y ocho, tomé posesión de mi plaza en el ambulatorio de Elda, convertido hoy en centro de especialidades Padre Manjón. Se trataba de una de las plazas de nueva creación, que no tenía cupo asignado y por la que se percibía un sueldo ridículo, prácticamente simbólico, que debía ir engordando, progresivamente, con la futura asignación de cartillas.

Ese otoño, Lola, después de una desavenencia más con su médico de cabecera, similar, por otra parte, a las que había tenido con casi la totalidad de la plantilla, decidió cambiarse de médico y aterrizó en mi cupo.

Lola, de aspecto menudo y frágil, pero puro nervio (mala leche, diría ella y, probablemente, todos) era una especie de enfant terrible, un dedo acusador y reivindicativo, dispuesto siempre a señalar lo que consideraba una injusticia o un atropello, ya fuese sanitario o de otra índole.

Malencarada, pendenciera, descarada, provocadora y deslenguada, pero con un corazón tan grande como una montaña, no dudaba en encabezar el grito de protesta colectivo de los desvalidos y enarbolar la bandera, como el Chaplin de Tiempos modernos, pero no por equivocación, sino por convencimiento.

Si alguien de Elda, y de determinada edad, lee esto, sabrá a quién me refiero, porque no son necesarios muchos más datos de presentación ni revelar sus apellidos. Parafraseando el título de un conocido serial, era, simplemente Lola, o la catalana, como a ella le gustaba puntualizar.

Dueña de una turbulenta historia, que sólo me reveló a retazos, teñidos de misterio y oscurantismo, arrastraba su mala salud y su soledad, como las dos cruces, que le había tocado cargar en su camino hacia el fatalismo.

Se encontraba, entonces, en pleno proceso de toreo a un carcinoma de endometrio, del que había sido intervenida años antes y al que sobrevivió varios, después. Su espina dorsal era un auténtico tratado de patología vertebral. El dolor, una constante.

Lola combatió su depresión alineándose junto a los débiles, prestándoles su garganta para el grito, significándose con su presencia en los actos reivindicativos de la conciencia social.

Su carácter agrio y sus explosiones coléricas eran, a veces, un obstáculo insalvable para su trato, pero su determinación y su solidaridad eran encomiables, una vez entregada a una causa.

Veinte meses después de mi toma de posesión, me trasladé a Alicante, dejando sin efecto la profecía, Lola era muy dada a cosas de ésas, con la que me ligaba a su destino: “Tú firmarás mi certificado de defunción”.

Durante unos años, seguí teniendo contacto con ella. Cada vez que venía a Alicante, pasaba por mi casa y me ponía al corriente de su situación, que empeoraba paso a paso.

Poco a poco, fui testigo del desvanecimiento progresivo de su energía y del reinado de su abatimiento. Los fantasmas del pasado habían ido ocupando todo el espacio del presente. Cuando quiso levantarles las sábanas para verles el rostro, se encontró con el dolor insoportable del vacío y de la frialdad de una hija, que, al parecer había abandonado en Barcelona, muchos años atrás. Fue demasiado para sus escasas fuerzas, aunque jamás lo habría reconocido.

No sé cuántos años hace que la vi por última vez. Su estado había empeorado y la llama de su vela oscilaba de una manera demasiado evidente. Me comentó que le habían preparado los papeles para ingresar en una especie de hospital de tratamientos paliativos.

Me la quedé mirando en silencio. A su alrededor, sólo quedaba un pálido reflejo del espíritu guerrero que siempre la había acompañado. Le dije que, con el corazón en la mano, creía que era la mejor solución. Apenas podía valerse por sí misma.

Al principio se enfadó conmigo. Desconfiada por naturaleza, pensó que me la estaba quitando de encima, pero ella sabía muy bien que no era así y que yo tenía razón.

Cuando se fue, me anunció que ya no volvería más, aunque no me dejó claro que hubiese elegido la opción del hospital. Su orgullo se mantuvo a flote.

Efectivamente, no volví a verla ni supe nada de ella entonces ni después de los veinte años que habrán pasado, desde aquel momento.

En una de nuestras conversaciones, recuerdo que me dijo: “Un día te acordarás de mí”.

Evidentemente, no se trataba de una profecía muy precisa ni muy aventurada tampoco. El apostar a caballo ganador no tiene mucho mérito. La memoria es una gelatina fluctuante que no permite que algunos ingredientes se aglutinen.

Me he acordado muchas veces de Lola, quizá más de las que ella habría podido imaginar, pero hoy lo he hecho especialmente, porque de haberle tocado vivir una situación como la actual, su respuesta habría sido más contundente de lo que lo fue a finales de los setenta.

Lola habría llevado muy mal el desmantelamiento de una sociedad soñada. Se habría sentido agredida, como enferma y como persona, por la limitación de prestaciones sanitarias, por el repago y por la actitud prepotente de los gobernantes desvergonzados que han echado la culpa al pueblo de la situación social y de la catástrofe que ellos mismos han provocado y, encima, se lo están haciendo pagar con sangre.

Lola no habría tenido problema en encender la llama de su combustión, ante la injusticia y el ensañamiento con los más débiles. Habría estado al frente de los piquetes anti desahucio, habría tomado parte activa en los escraches, habría prestado su voz a los gritos de protesta, habría puesto cerco a los bancos inmorales y ladrones, cuya codicia ha condenado a la pobreza a los ciudadanos más desvalidos, habría escupido a la cara de un gobierno mentiroso, que ha retrotraído la situación sociolaboral española a mil novecientos veinte y lo habría hecho por conciencia de clase y por solidaridad.

Hacen falta muchos Lolos y Lolas, pero yo, hoy, me he acordado de ella, entre otras cosas, porque se lo merece.

 

CONTINUACIÓN DE LA ENTREGA

 

141.- STRAWBERRY FIELDS FOREVER (1967)

Canción que escuché hasta la saciedad en mis tardes universitarias valencianas, gracias al ya nombrado Bettor Dual.

Incluida en la recopilación del famoso Disco azul de los Beatles, estos campos de fresa se quedaron conmigo para siempre.

Un alma caritativa los subtituló.

 

 

Los hermanos Gallagher no se resistieron a pasear por ellos, cuando aún se hablaban y cantaban juntos en Oasis.

Otra alma caritativa los subtituló.

 

 

Extraordinaria versión instrumental, a cargo de Miles Davis y Kenny Garret.

 

 

El musical Across the universe, 2007, la incluyó en su banda Sonora.

 

ACROSS THE UNIVERSE

Across_the_Universe

Para terminar, secuencia subtitulada de la película, con la canción.

 

 

142.- THE FIRST CUT IS THE DEEPEST (1967)

Canción de Cat Stevens que escuché por primera vez unos seis años después de su nacimiento, gracias al recopilatorio The View from the top, que compré en Andorra y se convirtió en un habitual de mis sesiones musicales valencianas.

Aquí tenemos la versión original, a cargo de Cat Stevens, aunque sin subtitular.

 

 

Un alma caritativa subtituló la gran versión realizada por Rod Stewart, aunque ya le pilló algo mayor.

 

 

Otro buen samaritano subtitulador hizo lo propio con esta versión de Sheryl Crow.

 

 

Directo de Rod Stewart en 1977, poco después de incluir la canción en su álbum A Night on the Town, 1976.

 

 

Para terminar, directo de Yusuf Islam en 2011.

 

 

143.- THE LETTER (1967)

El éxito más rotundo del quinteto americano The Box Tops. Gran canción, dotada de mucha fuerza.

Un alma caritativa subtituló este fotomontaje con la versión de The Box Tops.

 

 

Casi tan conocida y con la misma calidad, al menos, podemos destacar la versión de Joe Cocker.

 

Otra alma caritativa subtituló este directo de Mad Dogs & Englishmen.

 

 

Para terminar, actuación en directo de The Box Tops.

 

 

144.- WORDS (1967)

Los Bee Gees alcanzaron uno de sus mayores éxitos con esta canción-lamento, que incendiaba las tormentas adolescentes.

Con el inevitable puntito hortera de fábrica, que planeaba en casi todas sus canciones, conquistaron millones de corazones.

Uno de ellos, probablemente, subtituló está actuación de los hermanos Gibb jovencitos.

 

 

Para terminar, directo de los Bee Gees en 1971.

 

 

145.- AMEN (1968)

Mi amigo José Luis realizó un giro inesperado hacia la música soul, cuando teníamos catorce años, y empezó a comprar discos de los intérpretes más famosos del género, entre los que destacaba, yo diría que por encima de los demás, Otis Redding.

Mis padres se habían marchado a Elda con el resto de la familia en el año 66 y yo me quedé con mis tías y mi abuela. El piso de Alicante estuvo vacío unos años, antes de decidirse a alquilarlo. Hasta que eso ocurrió, algunas tardes escuchábamos música allí en un pequeño tocadiscos portátil. Así conocimos la versión de Amen de Otis Redding, que he subtitulado, a partir de una traducción reformada.

 

 

Pese a que el éxito rotundo lo consiguió Otis Redding, muchos otros intérpretes hicieron su versión, como Harry Belafonte, por ejemplo.

 

 

En 1963, Sidney Poitier consiguió un óscar al mejor actor principal por su interpretación en Los lirios del valle (Lilies of the field, 1963).

 

LOS LIRIOS DEL VALLE

Los_lirios_del_valle

En una de sus más famosas secuencias, Poitier realiza una versión con una letra absolutamente distinta, coreado por las monjas, como podemos comprobar.

 

 

Para terminar, versión, a cargo de Gospel Christmas.

 

 

CONTINUARÁ . . .