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Si no fuera por el papanatismo, ampliamente instaurado en la conciencia de nuestra sociedad, sería innecesario insistir en que mis manifestaciones y mis reflexiones escritas en torno al premio Azorín, ni cuestionan la calidad literaria ni el merecimiento a alzarse con el galardón de la escritora Zoé Valdés. Así pues, no me importa hacer la enésima puntualización al respecto y, de paso, felicitarla por su importante triunfo.

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No está en mi ánimo el ensuciar el premio, como pudiera desprenderse de un comentario de la ganadora, en la entrevista concedida al diario Información. Mis manifestaciones públicas, referentes al premio Azorín, fueron realizadas con anterioridad al fallo y nada tienen que ver ni con la calidad de las obras finalistas ni con los merecimientos de los autores, que están por encima de cualquier duda.

Estimo que Zoé Valdés, dada su amplia experiencia en certámenes literarios, comprenderá que, como poco, resulte chocante la repetitiva coincidencia de que el triunfo final recaiga, casi sistemáticamente, en un escritor con obra anterior publicada por la editorial que patrocina el premio.

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Resulta significativo que de las veinte últimas ediciones del premio Azorín, desde que Editorial Planeta aterrizara en él, quince de los autores premiados tuvieran obra anterior publicada por la propia editorial o por alguna de las empresas del grupo.

Espero que Zoé Valdés comprenda que, como muestra, vale este botón, que encaja, a la perfección, en el ojal de los intereses empresariales mercantilistas, a los que ella misma hace referencia en la entrevista mencionada. Espero que, igualmente, comprenda que esa regla no escrita se viene cumpliendo de forma reiterada.

Por lo tanto, no hay que rasgarse las vestiduras, cuando se dice de forma clara que las posibilidades de alzarse con premios patrocinados por una gran editorial son ínfimas para un escritor que no “pertenezca” a la casa o no sea un escritor conocido con posibilidades de apertura de nuevos mercados y que, casi como condición indispensable, esté representado por un agente editorial.

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El alcanzar la plaza de finalista es el techo, al que puede aspirar cualquier escritor desconocido. Para subir al ático, necesita un empujón que nunca termina de producirse, ya que, difícilmente, la editorial hace uso de esa cláusula, perenne en todos los certámenes, de publicar otra obra que no sea la vencedora. Así que no es de extrañar que el cartel de abajo, resuma los sentimientos de los autores finalistas.

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Es evidente que puede argumentarse que la calidad del escritor conocido y de su obra concreta es superior a la de un desconocido. Parece la conclusión lógica a las premisas que contruyen un silogismo falso. Reproduzco mis reflexiones sobre esta cuestión, manifestadas el pasado año:

Ya sé que cualquiera podría decir que resulta lógico que ganen esos premios escritores “conocidos”, porque es de suponer que su calidad es superior a la de los desconocidos. Es una argumentación de peso, sin duda, pero no exacta. Parafraseando a los pimientos de Padrón: “a veces sí y a veces no”. Además, no nos olvidemos que un escritor “conocido” no presenta a un determinado concurso toda su obra, ni siquiera la mejor, sino una concreta. ¿Hay alguna razón por la cuál la obra de un desconocido no pueda superarla en calidad? Va a ser que no.

Me ratifico punto por punto.

En el caso del premio Azorín, se da una molesta circunstancia añadida: la participación de la Diputación de Alicante en el evento y su sumisión a los criterios editoriales mercantilistas.

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No es que pretenda decir, ni mucho menos, que la coparticipación de la Diputación conlleve la obligatoriedad de que el premio recaiga en un escritor alicantino, lo que debería de garantizar sería la igualdad de oportunidades entre todos los autores, hecho que yo, personalmente, no creo que se produzca.

Más significativo resulta el que la institución ignore a los finalistas alicantinos, después de sacar pecho a su costa, mientras los medios de comunicación anuncian la presencia de algún escritor de la provincia en el top ten. Flaco favor realizan a la difusión de la cultura local o, por lo menos, a mí me lo parece. Las fotografías, junto al vencedor no son más que instantáneas, la verdadera imagen es la que se siembra y la Diputación no está sembrando los frutos para que germine la difusión de la cultura alicantina.

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No resulta comprensible que, existiendo una entidad como el Instituto Gil Albert, la Diputación no se haya planteado, siquiera, la publicación de las obras finalistas de los escritores alicantinos. Quizá sería mucho más importante rebajar la cuantía del premio Azorín y dedicar una parte a estos menesteres, ya que estamos hablando de dinero público. Mecenazgo, no. Pero coherencia y sentido común, sí.

En fin, me contestarán que los gestores son ellos y que invierten el dinero en lo que estiman más oportuno o en lo que les da la gana. Habrá hablado Blas, y punto redondo, pero a mí nadie me quitará la sensación de que la cultura se desliza por unos derroteros, en los que es muy probable que la gente acabe pensando que el premio Azorín está patrocinado por la perfumería.

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Mi abuela decía con frecuencia: “Qui té que donar llum, dona fum”.

Eso es lo que pienso que está haciendo la Diputación de Alicante.