Cuando leí la novela de Hemingway, hace más tiempo del que me gustaría recordar, me impresionaron los versos finales del poema de John Donne, con los que se abría la novela. Podéis ver una traducción del poema completo, aquí:

Las campanas llevan doblando una buena temporada y más que parece que van a seguir haciéndolo. Su tañido es un grito de alerta que no debería ser desoído por la clase política. Lo que pasa es que la clase política actual padece una sordera crónica y una impermeabilidad al clamor popular que le aleja de la realidad y provoca un socavón, cada vez más grande,en la confianza de los ciudadanos en la actual clase política.

La actual clase política española, de la misma forma que su homónima europea e incluso mundial, se viene dedicando, desde tiempos ya lejanos, a sacarse las pelusas de su gigantesco ombligo (no es de extrañar, por tanto, que esté muy ocupada en ello, dadas las toneladas de inmundicia que puede atesorar semejante recipiente). Tan ardua tarea le ocupa el tiempo que le queda libre y que, visto lo visto, no es posible que se lo dedique a los ciudadanos que un día cometieron la torpeza de ungirla con su voto y de entregarle un poder que ha sido malversado, tergiversado y convertido en un intolerable cheque en blanco.

La actual clase política española se ha instalado en la inopia de su prepotencia y se ha empeñado en escupir hacia arriba. De momento, los salivazos sólo han caído sobre los sufridos ciudadanos, estigmatizando de manera más cruel a los más desfavorecidos, pero empobreciendo sin desmayo a toda la sociedad, que está pagando una injusta penitencia, condenada al silencio, al miedo, a la indignidad y a la esclavitud.

La actual clase política española ha olvidado que su misión no es otra que  la servidumbre pública y ha confundido la velocidad con el tocino, proclamando a los cuatro vientos que somos los ciudadanos los que hemos de servirla a ella, para legitimar los privilegios de los que goza.

La actual clase política española es zafia, incompetente, inoperante, está fagocitada por la corrupción y, en demasiadas ocasiones, su comportamiento es ruin.

La actual clase política española sólo se afana en rendir pleitesía a los amos del cotarro, a los nuevos faraones que se entierran en sus riquezas como el tío Gilito, creyendo gozar de vida eterna. La actual clase política española inclina la cerviz ante aquellos que manejan los hilos patéticos de la tragedia anunciada y permite y patrocina que se exprima a los ciudadanos para fabricar euros con su sangre, que sirvan de alimento a los vampiros.

 

La actual clase política española ha perdido el norte y es incapaz de realizar examen de conciencia y autocrítica, porque sabe que, de hacerlos, se le caería la cara de vergüenza. La actual clase política española no moverá un dedo para realizar las imprescindibles reformas, demandadas por la población. No aceptará cambios en la ley electoral y esgrimirá la Constitución como un arma arrojadiza que, en cambio, no dudará en transformar  a su antojo, siempre y cuando convenga a sus intereses.

 

La actual clase política española, encabezada por el adalid de la cultura gala, nuestro tan afrancesado como impresentable ministro de Educación, prefiere que la incultura se instale en la sociedad para no desentonar. La actual clase política española no mueve ni un dedo para impedir la emigración de nuestros universitarios  más preparados, en busca de las oportunidades que aquí jamás se les presentarán. La actual clase política española será responsable de la futura analfabetización de un país esquilmado y convertido en un solar, en el que la igualdad de oportunidades desaparecerá de un plumazo.

Los políticos españoles: sin idiomas, sin experiencia laboral y lejos de las nuevas tecnologías

El actual gobierno de la nación, instalado en la sumisión al capital, la improvisación y la falsedad, desde que aterrizó en la Moncloa, ha ido empobreciendo a los ciudadanos día tras día, limitándoles sus prestaciones, desmantelándoles el sistema sanitario, deformando la ley para quitarles sus trabajos, vaciándoles las carteras, dejando que los sinvergüenzas les roben sus ahorros y contribuyendo a que los usureros les expulsen de sus casas.

La verborrea llena de falacias y eufemismos, la prepotencia y las constantes referencias al monotema machacón de la herencia recibida no son más que disonancias dentro de un discurso gastado, que no tardará en volverse en contra del partido en el gobierno, al que no sólo le falta credibilidad en España, sino también donde se cuecen las habas.

La Comisión Europea prevé que España supere los seis millones de parados

El término que define la situación actual de España no es recesión, sino DEPRESIÓN. El sinfín de recortes realizados sólo ha servido para empeorar el presente de los españoles y para dejar, además, el futuro pendiente de un frágil hilo, que ni el partido en el gobierno ni la actual clase política española son capaces de garantizar.

El empobrecimiento, la miseria y el abismo entre la minoría rica del país y la mayoría pobre, se hacen cada vez mayores. El descontento se ha generalizado, mucho más de lo que indican algunos datos estadísticos teledirigidos, y estamos llegando a un punto en el que las condiciones sociales se sumergen en el caldo de cultivo de la explosión.

La familia se agota como recurso de subsistencia económica

Las campanas llevan demasiado tiempo doblando y lo que, en un principio, podía parecer sólo una música de fondo, mucho me temo que acabará convertida en una sinfonía.

 

Santamaría y Valenciano acuerdan frenar con urgencia los desahucios en marcha

Tal vez el partido en el gobierno y la actual clase política española hayan empezado a verle las orejas al lobo. Quinientas familias diarias desahuciadas representan un balance indignante y vergonzoso, sobre todo porque están ejecutados por entidades, rescatadas con el dinero de todos los españoles. Tal vez, al olor de la sardina, el partido en el gobierno y la actual clase política española se arremanguen los pantalones y se dediquen a bajarse del pedestal (no sea que acaben siendo bajados de un empujón) para reformar normativas y leyes que atentan contra el ciudadano y el sentido común.

Desde hace varios días,  la canción “Cançó de carrer” de Ramón Muntaner no para de dar vueltas en mi cabeza. Así que me he permitido subtitularla

 

Con más frecuencia de la que me gustaría, cuando escucho canciones de aquellos lejanos años (ésta es concretamente de 1975), tengo una especie de extraña sensación de haber estado atrapado dentro de un mundo circular que ha perpetuado los problemas, los ha enquistado y no ha permitido que se solucionen.

Pienso que gran parte de culpa la han tenido las diversas clases políticas que en el mundo han sido. Sin embargo, me gustaría mirar hacia delante con optimismo y proclamar que aún estamos a tiempo. Los tañidos de las campanas son cada vez más nítidos y cada vez los escuchan más gente. Si la actual clase política española continúa haciendo oídos sordos, no cabe más que remitirla a los últimos versos de John Donne.

Por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas;
doblan por ti.

 

¡Todavía estamos a tiempo!

¡Todavía, todavía, todavía!

¡Destruiremos un mundo

estúpido y sin alma!

¡Cavemos los cimientos

de una vida más alta!