Nada más apropiado que la canción infantil Vamos a contar mentiras para ilustrar el panorama político actual. Resulta especialmente significativo aquello de: “Al ruido de las nueces, salió el amo del trigal”. Los políticos nacionales y extranjeros se han creído que son los amos del trigal y, a menudo, se necesita mucho ruido de nueces para hacerlos salir de sus madrigueras.

Cuando las voces se convierten en clamores y las intenciones de voto fluctúan, dependiendo de un ligero cambio de viento, entonces, los políticos se suben al alambre del funámbulo y se meten unos morrones de padre y muy señor mío.

Se caen, pero no se despanzurran, porque los medios de comunicación afines les han tejido una red protectora y, sobre todo, porque el sistema político democrático, más anquilosado que el inmovilista reglamento de fútbol, les ha proporcionado un mullido colchón para aliviar su caída.

Sus señorías, representantes electos de la voluntad del pueblo, pertenecen a un partido político, al que están mucho más dispuestos a servir que al votante anónimo y silencioso. No debemos olvidar que el lugar que ocupan como Padres de la Patria, se lo deben a los caprichos en la confección de las listas de los partidos y no al voto nominal del elector. Por eso, aguantan carros y carretas y miran hacia otro lado, cuando vienen mal dadas y el clamor popular se convierte en indignación.

¿Y qué pasa, cuando un político sufre un ataque de honestidad y se sincera ante los ciudadanos, reconociendo que donde había dicho digo, ahora decía  Diego?  ¿Esa honestidad le lleva a abdicar de sus cargos y volver a su casa con la cara muy alta y la conciencia limpia y tranquila? Pues, no, porque, al fin y al cabo, ¿qué sería la vida sin una mentirijilla? O sin unas cuantas. Todos actúan de la misma forma. Ponen cara compungida, dicen que no lo harán más y a otra cosa, mariposa. Responsabilidades: NINGUNA. Dimisiones: VADE RETRO.

Esta nueva forma de burla al pueblo debe responder a una estrategia internacional, porque si no, no se entiende que sea práctica común en todos los lugares del mundo.

Seguramente, la veda, y nunca mejor dicho, la abrió D. Juan Carlos I, al reconocer sus pecados y demostrar propósito de enmienda, cuando se disculpó ante los medios por haberse ido a cazar a la mamá de Dumbo.

No tardaron en subirse al carro, desde todos los rincones. A Rajoy, por ejemplo, le faltó tiempo, pero lo hizo a su manera y lo del perdón, por lo menos, no parecía pedírselo el cuerpo.

“Quien me ha impedido cumplir mi programa ha sido la realidad”

¡Toma, castaña! Convoca a cuatro medios de comunicación europeos, les suelta eso y se queda tan pancho. No podemos negar que resulta  desconcertante. Reconoce abiertamente que ha engañado a sus votantes y además que es un inútil que no conocía la realidad del país que pretendía gobernar.

A uno le queda la esperanza de que después de dos afirmaciones semejantes, entone el mea culpa y haga un discreto mutis por el foro, pero nada más lejos de la realidad. Se descuelga con:

“Cumplir con mi deber me va a llevar a volver a ganar las elecciones”

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Sólamente con pensar en cuál puede ser el deber al que se refiere, es para echarse a temblar.

Frente a la práctica prepotente del reconocimiento de la mentira y de la impunidad de la misma, está la maniobra empleada por Clegg.

Se dirige, cariacontecido al pueblo, pero el resultado es el mismo. Las culpas son de otros. Él no ha tenido más remedio y eso que reconoce:

“No debería haberme comprometido con una medida tan cara cuando ya no quedaba dinero. Aún menos cuando la forma más probable de entrar en el Gobierno era a través de una coalición con laboristas o conservadores, y ambos se habían comprometido a subir las matrículas”.

¡Vaya! La única manera de entrar en el Gobierno era bailándoles el agua a los otros, así que, a los votantes que les vayan dando.

Declaración de Nick Clegg

El mundo está sufriendo una conspiración. Los políticos han hecho una especie de ejercicios espirituales, un fin de semana con grupos de autoayuda, una convención, o vaya, usted, a saber qué, pero el caso es que se han puesto de acuerdo. Se ha abierto la veda y cualquiera puede reclamar su espacio en los medios para confesar que ha mentido, pero que no pasa nada. En todas partes cuecen habas. Quizá con la normalización de esas conductas se pretenda confundir a la opinión pública para que acabe aceptando que esa práctica es natural y cotidiana.

Cotidiana sí lo es, pero no natural. Lo natural es la asunción de responsabilidades ante  los errores. Lo demás son mandangas.

Por mucho que uno sea un representante electo no tiene derecho a sacarle la lengua al ciudadano, amparado por un sistema que le concede impunidad y que necesita una reforma urgente.

¿Cuánto ruido de nueces se necesita para que lo escuchen los amos del trigal?