Después de ver el programa Salvados del pasado domingo, día 3 de junio, a uno no le queda más remedio que hacerse esta reflexión, especialmente tras asistir al enfrentamientos de las dos portavoces de la Comisión de empleo del Congreso de los partidos mayoritarios.

Eso, mismo ha debido pensar Esperanza Aguirre, una de las máximas representantes del populismo político, no sólo de España, sino de allende los mares.

La susodicha, experta en desviar la atención, pone el acento en el tema de los políticos, que sabe que tienen más que cabreado al personal, y se lanza al ruedo, diciendo que está dispuesta a reducir a la mitad el número de diputados en en la comunidad de Madrid.

Recortar los 129 escaños regionales a la mitad, objetivo para la próxima legislatura

Claro que ese anuncio, aunque parece un acto de contricción, no deja de ser más que un brindis al sol, ejecutado con la boca pequeña, después de haber utilizado la bocaza para arremeter contra los trabajadores públicos, verdadero objetivo de sus desmanes.

La Comunidad de Madrid bajará un 3,3% el sueldo de sus funcionarios

Como una prestidigitadora barata, doña Esperanza lanza uno más de sus globos sonda, para que veamos lo dispuesta y dicharachera que es.

Aguirre reformará el Estatuto para reducir a la mitad los diputados de Madrid

Dicho está, claro que esto suena como los contratos “preferentes” que los salteadores de caminos de los bancos aplicaron a sus desvalidos y confiados clientes. Ella suelta por su boca sin rescato. Primero modifica los sueldos de los trabajadores públicos, robándoles un dinero al que tienen derecho y tiene la desvergüenza, encima, de decir que dentro de TRES AÑOS (TRES AÑOS, y mientras tanto, ¿qué?) planteará una modificación del estatuto de autonomía que necesitará el apoyo de las fuerzas de la oposición y, para más inri, la aprobación posterior en el Congreso de los diputados.

¡Vaya morro y vaya manera de tirar balones fuera! Si la cosa no cuaja, que no cuajará (y aunque cuaje, “Largo me lo fíais”, que diría don Juan Tenorio), siempre podrá argumentar que la culpa no es suya, que la tienen otros, utilizando los recursos habituales, a los que nos tienen acostumbrados, los integrantes del Partido Popular.

Si no, siempre podrá coger la guitarra y nos podrá cantar “un pueblo es… un pueblo es… tralarí, tralará”.

Volviendo a Jordi Évole y su programa, convertido en uno de esos ejercicios imprescindibles de cordura, que nadie debería perderse, cuando la cosa resulta tan evidente como el cacareo vacío de las dos diputadas, a uno se le queda la misma cara que al conductor del programa.

La respuesta de las dos no tiene desperdicio. La una, que no duda en definirse como servidora pública (habría que ver si esa señora sabe lo que es eso), tiene el morro de decir que habría que estudiar esa reforma en el Congreso. ¿Estudiar? ¿Es que a los trabajadores que están despidiendo a espuertas, amparándose en la infame reforma laboral, les dejan estudiar algo? Les pegan la patada en el culo, que se merece esa impresentable y los mandan a la calle, saltándose a la torera una serie de derechos adquiridos. La otra dice que esa reforma perjudicaría a los partidos con menor representación parlamentaria. ¿Quién le ha dicho a ella que le dejaríamos elegir el criterio de despido?

Son dos ejemplos maravillosos de la inutilidad de la clase política. Se les debería caer la cara de vergüenza. ¡Ah, no, que era verde y se la comió un burro!

Aquí tenéis la intervención completa, para que, si a alguien le quedaba duda, podamos comprobar en manos de quién estamos.

 

Se impone un ERE en el Congreso y el despido por motivos más que objetivos. ¿Cuando nos vamos a lanzar a ello?

¡Manos a la obra!