Ése es el título de una muy buena película de Clint Eastwood, que trata sobre las verdaderas intenciones de John Huston, durante el rodaje de La Reina de África: Cazar un elefante.

Los interesados en mayor información sobre esta recomendable película, la podéis encontrar:

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o también:

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Lo mejor que podéir hacer es verla y averiguar si John Huston consiguió su objetivo, como nuestro Rey, según se desprende de esta foto de archivo.

Curiosamente, casi de forma simultánea (horas de diferencia), me han remitido, desde dos puntos tan distantes como Canadá y Alicante, una lúcida opinión, que me gustaría compartir aquí:

Carta de un investigador al rey don Juan Carlos

Ya puestos, tampoco estaría de más que nos fijásemos en el módico precio de la excursioncita.

Precios del safari de caza de elefantes del Rey

Una fruslería del monarca campechano, aunque yo ya me quedo más tranquilo al saber que ha ido de gañote y no ha tenido que apoquinar por cada pieza abatida. En tiempo de crisis, no hay nada como un buen ahorro.

Un empresario sirio pagó el safari del Rey en Botsuana

Lo malo, es que el monarca quebradizo ha tenido la ocurrencia de romperse una cadera y la reparación y la ITV se la han hecho en un hospital privado, y eso vale una pasta.

El Rey se rompió la cadera al caerse en un campamento en Botsuana, donde estaba de caza

 A juzgar por el elevado número de huesos que se ha roto a lo largo de su vida, no sería aventurado deducir que el calcio y don Juan Carlos se han pasado todo el tiempo peleados. Como le va a pasar ahora con los socios de WWF (antes ADENA), ONG de la que es presidente de honor, desde 1968.

WWF inicia los trámites para suprimir el cargo del rey como presidente de honor

Sabido es que toda piedra hace pared y, desde luego, este lamentable incidente ha levantado un muro entre la monarquía y los ciudadanos, que aún no habían terminado de frotarse los ojos ante el comportamiento del yerno que todos los suegros quisieran tener, y se encuentran, ahora, con que el monarca jaranero se mete un morrón en allá las Áfricas. (De dónde se habrá caído, me pregunto yo… aunque, la fragilidad de los huesos reales es una evidencia clínica).

Por si fuera poco, la mierda del ventilador empieza a salpicar por todos lados.

El exsocio de Urdangarin implica al Rey en negocios a favor de su yerno

El Juez Castro incorpora al ‘caso Urdangarín’ los correos que supuestamente implican al Rey Juan Carlos

La indignación popular ha crecido y el número de juancarlistas disminuye como el número de neuronas del cerebro neoliberal.

Para goce y disfrute de los más antimonárquicos de vosotros, dejo una perla del escritor Fernando De Andrade, que no tiene desperdicio.

Los incombustibles Borbones

Independientemente de cuestiones propias de la prensa rosa, lo cierto es que la monarquía, como institución, es insalvable y lo es por su principio básico de perpetuación de privilegios. No hace falta recurrir a escándalos, dimes y diretes o corrupciones para no ser partidario de la monarquía, basta con hacerlo, simplemente, a la razón. La diferencia de altura de la cuna, en la que se ha nacido, no es motivo suficiente para ser señalado por el dedo del privilegio.

Confieso que jamás he pertenecido a la legión de juancarlistas, extendida por todo el territorio nacional. Confieso también que no entiendo qué es eso de monarquía constitucional, a la que algunos apelan con rimbombancia, como si fuera el tesoro de Gollum.

La monarquía es una institución opaca, impenetrable para los ciudadanos. Se defiende contra ellos con uñas y dientes, blindándose e impidiendo que uno pueda inmiscuirse en sus asuntos. ¿Monarquía constitucional? Será porque se ha constituido y, además, lo ha hecho, obligando a la nación a aceptar el inaceptable código oscurantista de su poder, que, por supuesto, ha de ser incontestable.

No se puede elegir al rey, ésa es una cuestión dinástica que ellos se guisan y se comen, como únicos invitados al banquete. Ese orden dinástico, origen de multitud de escaramuzas y guerras pasadas, impide elegir al más apto para el cargo. Sólo puede ser rey el que le toca, no el más capaz. El rey tampoco tiene marcada por el pueblo la edad de jubilación. Aguanta, como se dice por aquí, hasta el socarraet. O se muere, o se queda mondonguito, antes de soltar el cetro y la corona. Tiene que hacerla muy muy gorda para que se le invite a abdicar. No se tiene ningún control sobre una estirpe privilegiada, ascendida a los altares por los intereses de unos cuantos, que atentan contra el principio de igualdad.

Vistas así las cosas, el único camino que le dejan al pueblo es el derrocamiento.

El rey campechano, otrora, cariacontecido hoy, ha pedido disculpas, muy contrito, a pie de clínica.

Las disculpas del rey

¡Hale, ya ha pedido perdón! Todos contentos. Los ánimos se aplacan y comienza la operación de marketing de nuestro hijo Felipe.