Hace casi un mes, envié un artículo, que llevaba como título “Los subsecretarios”, para su publicación en el número 7 de la revista D&R Dignidad y Responsabilidad, que tenía que haber salido el pasado 18 de marzo.

Desconozco los problemas que haya podido tener dicha publicación, pero lo cierto es que el número 7 no ha visto la luz. Tampoco he tenido noticias de la Dirección de la revista, al respecto. Por lo tanto, he decidido dar a conocer en este blog los intríngulis de los misteriosos subsecretarios:

Hace muchos años, a principios de los ochenta, una idea para una novela estuvo revoloteando por mi cabeza. Llegó a ser un proyecto con cierto peso y hasta con título: “Los subsecretarios”.

Confieso que me fascinaba la capacidad camaleónica de algunos elementos, capaces de seguir ocupando sus cargos políticos o de aterrizar en otros similares, siempre de tercera o cuarta fila, soplasen los vientos políticos que soplasen.

Así que en la imaginación de mi novela, esos siniestros y casi anónimos personajes eran los encargados de la perpetuación del sistema. Realizaban reuniones secretas en las catacumbas, en las que diseccionaban méritos y deméritos de los candidatos a los distintos estratos del poder.

Las catacumbas eran su reino.

No flaqueaban ni les temblaba el pulso, a la hora de elegir al más idóneo para la consecución de sus fines. Manejaban los hilos en la sombra, derribando a éste o ensalzando a aquél, según la conveniencia coyuntural, pero siempre con el objetivo de perpetuar  el sistema sacrosanto. Eso era lo más importante. Todo debía seguir atado y bien atado. De ello, se encargaban los subsecretarios. El orden no podía ser perturbado. Estuviese quien estuviese en el poder, los subsecretarios permanecían inamovibles, en la sombra, vigilando. No ansiaban el poder, sabían que podían manejarlo.

Dibujo de Fernando Sáenz de Tejada

Dibujo de Fernando Sáenz de Tejada

Incluso el mismísimo Fraga formó parte del status de privilegio de esta casta, cuando fue condenado a su famoso exilio londinense, después de sus disputas con los tecnócratas, a los que pretendía defenestrar. Fueron ellos los que se lo sacaron de encima, pero él supo manejar la situación y aparecer ante los atónitos españoles como el futuro líder progresista.

Las malas lenguas propagaron con posterioridad que el propio Fraga influyó de forma fundamental en el nombramiento de Juan Luis Cebrián como director de El País. Curiosamente, ese periodista había realizado la entrevista y la famosa foto con sombrero.

Por diversos motivos, el proyecto literario se diluyó en el tiempo y nunca cobró cuerpo. Los subsecretarios también desaparecieron del panorama político, que se empantanó en las turbias aguas de la corrupción. La tierra de Jauja del enriquecimiento político, dio lugar a nueva fauna dominante: los advenedizos y los enchufados.

Si bien, los subsecretarios, creados por mi imaginación, aunque inspirados en modelos existentes, formaban parte de una especie de secta con un objetivo común, sus sustitutos de hoy en día, los advenedizos, actúan de forma individual con un único objetivo: No soltar la teta que tienen bien agarrada. Son depredadores que sólo persiguen su propio beneficio.

Los advenedizos tienen copados los cargos y carguillos de las estructuras de la sociedad, forman parte de cualquier comisión imaginable, medran sin descanso y fagocitan los ideales políticos, colonizando los partidos. Más que la propia consolidación de cualquier sistema, prefieren el río revuelto en el que puedan obtener la ganancia de pescadores.

Su número ha crecido de forma exponencial en los últimos tiempos. Cualquiera de nosotros conoce a más de uno o tiene que sufrirlo en sus carnes laborales.

Esta fauna es especialmente numerosa en los servicios públicos, sobrecargados de gestorcillos aficionados de tres al cuarto, responsables de descalabros económicos, pagos de favores, desviaciones presupuestarias y enriquecimientos varios.

Los advenedizos de pedigrí, una vez iniciado el peregrinaje, entran a formar parte de la farándula del poder y jamás regresan a sus puestos de trabajo, de donde fueron reclutados por el favor político. Si eran médicos, al único paciente que vuelven a ver es al que “House” putea en su hospital de lujo; si eran profesores, su única relación con la cultura se limita a concursos como “Pasa Palabra” o “El millonario”. No vuelven a casa ni por Navidad, como el Almendro.

La fidelidad de los advenedizos a sus mentores es muy quebradiza, casi pura ficción. Resulta interesante contemplar el patetismo de sus carreras, a codazo limpio, para ocupar un nuevo lugar de privilegio, cuando las aguas se vuelven turbulentas. No les duelen prendas a la hora de renunciar a principios, en caso de que algún día los tuvieran, o de apuñalar por la espalda a antiguas convicciones y adhesiones inquebrantables. Todo vale con tal de persistir.

El auténtico peligro para los advenedizos, quizá el único, es que el dedo rector acabe en el interior de donde la mayoría de nosotros deseamos, pero eso, a veces, es pura quimera.

Los advenedizos son las metástasis del cáncer que ha invadido a la sociedad sin prisa, pero sin pausa. Son el mayor peligro para los ciudadanos, porque cuentan con el amparo de la insensatez política.

A los advenedizos no les queda otro remedio que estar al acecho, merodeando.

Parafraseando a uno de los personajes de la exitosa serie de los ochenta,

“Canción triste de Hill Street”,

 

 “¡Tengan cuidado ahí afuera!”.