El día 29 de marzo, importante este año para el conjunto de la sociedad por motivos que todos conocemos y que muchos reivindican, lo era, especialmente para mí, porque tengo la costumbre, desde que nací, de cumplir años ese día. La mayoría de la gente que lo sabe tiene el detalle de felicitarme por ello. A esa cita, casi obligada, no faltó  la enfermera que trabajó junto a mí, durante 16 años, en el desaparecido consultorio Antonio Ramos Carratalá de Los Ángeles

Hace ya 15 años que nuestros caminos profesionales se separaron, pero nunca habría podido imaginar que también lo habían hecho ideas, que pensaba comunes y, en cierto sentido, inalterables.

Digo esto, porque, en el transcurso de nuestra conversación, el fantasma del copago cobró cuerpo. Se conoce que el aparato propagandístico es mucho más eficaz de lo que yo suponía y ha machacado con su run run a muchos profesionales, hasta convertirse en el único sonido en sus oídos.

Me llamó la atención que quien ha trabajado junto a mí, en la misma zona urbana, conocedora de las deficiencias sociales existentes, defendiera, de repente, la bandera del copago, con ideas tan propias del sistema paternalista como  la del mal uso del sistema sanitario por parte de los pacientes o el encarecimiento del acto médico (consecuencia del aumento de las pruebas diagnósticas, gasto farmacéutico, etc…), repartiendo la culpa entre todos, sin responsabilizar a quien realmente la tiene, que no es otra que la Administración.

Me dolió oírle decir que la gente había pensado que la sanidad era gratis y eso no podía ser. ¿Gratis? ¿ A qué se le llama gratis? Aquí lo único que, hasta el momento, ha resultado gratis ha sido la corrupción política y la irresponsabilidad de un buen número de figurantes y otro, casi tan numeroso, de mangantes.

Ya está bien de no llamar a las cosas por su nombre. ¿Copago? ¿Qué es eso? Querremos decir REPAGO, porque pagar, lo que se dice pagar, ya hemos pagado y con creces, sobre todo, quien acude todos los años a la cita con su Declaración de la Renta.

Puede que haya algún ingenuo que piense  que el Estado, graciosa y generosamente, nos regala la Sanidad Pública de forma gratuita, pero este cuento de hadas no es verdad. La Sanidad la pagamos todos los españoles a través de nuestros impuestos. Como las competencias estatales están transferidas, es la Generalitat quien se hace cargo de ellas. ¿Dónde está el problema, entonces? Pues en el desastroso ejercicio de gestión que hemos sufrido por toda esa pandilla de incompetentes, más preocupados en engordar los bolsillos de amiguetes o en salir en las fotos del boato de los grandes fastos, que en utilizar el dinero de los contribuyentes en las auténticas necesidades de la población.

Ahora, cuando la mierda les llega más arriba del cuello, se la sacuden con el ventilador y nos la echan encima, diciendo que la culpa es nuestra. Y desde luego tienen razón. Tenemos la culpa de no haberles pegado una patada en el culo, habérnoslos sacado de encima y dejar de permitir que siguieran esquilmando nuestras cuentas corrientes y desmantelando el estado del bienestar.

Me dolió que quien trabajó a mi lado durante tantos años, viendo los mismos problemas y las mismas condiciones sociales que yo veía, ahora defendiese tesis que dinamitan la igualdad  y sugieren la concesión de privilegios a quien mayores recursos económicos posee.

No debemos pagar más por la Sanidad. Lo que debemos hacer es exigir responsabilidades a aquellos que no destinan lo suficiente para garantizar nuestro estado de salud. Lo que procede es que rindan cuentas ante nosotros esos megalómanos, encabezados por el señor Camps, que durante una buena temporada se dedicaron a chapotear con nuestro dinero sin emplearlo en aquello para lo que era recaudado (Sólo tenemos que echar una ojeada a las cifras destinadas a servicios sociales y sanidad, que ocupan el furgón de cola del país)

 No debemos permitir que se comercie con la enfermedad ni que se negocie con la muerte. Sobran los nombres para aquellos que lo hacen, lo malo es que, a veces, las copas de los árboles esconden el bosque y nublan las entendederas de muchos. Espero que se levante el viento y se caigan las vendas que cubren tantos ojos.

Por cierto, cuando al conseller se le llena tanto la boca con la cantinela del copago dichoso y su no instauración, Dios le libre, me parece que deberíamos echarnos a temblar. Lo del euro por receta se quedará reducido a una coña marinera.