Hay un par de cosas que no comenté el otro día con respecto al premio Azorín, sobre las que creo merece la pena reflexionar.

Me gustaría que alguien me explicara cuál es el propósito de seleccionar diez novelas finalistas, cuando existe un único premio. Los nueve que se quedan con la miel en los labios no obtienen recompensa alguna. Es de suponer que existen profesionales de los premios literarios, que presentan su obra o sus obras  a todos los premios que se les ponen por delante, con el único objetivo de engordar sus cuentas corrientes, pero entiendo que la mayoría de los autores buscan en los premios un vehículo para dar a conocer su obra y poder difundirla. Es evidente que el premio Azorín sólo le sirve al ganador. Entonces, ¿por qué montar un paripé con los diez finalistas? Únicamente será publicada la novela ganadora.

Independientemente de que no comulgue en general con la filosofía de la mayoría de los concursos literarios (el Azorín no iba a ser una excepción), me parecería mucho más razonable el que sólo hubiese dos o tres finalistas. El ganador consigue el premio económico y la publicación. Los otros dos, simplemente, la publicación en las condiciones editoriales habituales. Eso me parece más sensato.

Tampoco me pareció lógico que los organizadores no fueran capaces de presentar a los finalistas, que asistieron al acto, al público de la sala. No creo que se les hubiesen caído los anillos por hacerlo.

Ese tipo de cosas es el que deja un regusto amargo. No está bien que los nueve finalistas restantes se queden en el anonimato. ¿Para qué ser finalista, entonces?