El pasado viernes asistí al acto de entrega del premio Azorín de novela. Lo hice porque mi hermano había presentado una novela, “Escarcha en el pelo”, que había conseguido estar entre las diez finalistas. Aprovecho para felicitarle públicamente, porque el mérito es indudable, ya que optaron al premio 99 novelas. Así que, alcanzar el “top ten” tiene su aquél.

La novela elegida por los miembros del jurado fue “Capricho”. Confieso que no conocía a su autora, pese a tener una extensa obra publicada, algún que otro premio anterior y condición nobiliaria. Claro que mi desconocimiento resulta lógico, ya que Almudena de Arteaga es una especialista de novela histórica y, a mí, la novela histórica me resulta, dicho sea sin ánimo de ofender, un ladrillo del cuatro. Por fortuna para la autora y para Editorial Planeta, bajo cuyos auspicios se publicará la obra, mis gustos no coinciden con los de los lectores.

No es mi intención poner en tela de juicio la calidad de la obra ganadora ni la justicia de su triunfo. Seguro que es merecido, como igual lo habría sido el de cualquiera de las otras nueve finalistas.

No hace falta decir que los premios, que tienen detrás una gran editorial, son un terreno inexpugnable para los autores sin agente literario. Eso es una evidencia, recogida en estas cifras, que correspoden a 2005.

No creo que el premio Azorín, cuya dotación económica asciende a 68.000 euros y con Editorial Planeta de por medio, sea una excepción. La necesidad de que las ventas equilibren la inversión aconseja prudencia  a la hora de elegir.

No seré yo quien alimente la leyenda urbana de que los concursos literarios están amañados, entre otras cosas porque no tengo pruebas de ello, aunque tengo la impresión de que los de mayor cuantía económica están muy abiertos a la sugerencia.

Esta tabla da muestra de la importancia de las agencias literarias, reflejando las ganancias obtenidas por sus representados en el 2005 en los premios en los que intervenían grandes editoriales.

Ya sé que cualquiera podría decir que resulta lógico que ganen esos premios escritores “conocidos”, porque es de suponer que su calidad es superior a la de los desconocidos. Es una argumentación de peso, sin duda, pero no exacta. Parafraseando a los pimientos de Padrón: “a veces sí y a veces no”. Además, no nos olvidemos que un escritor “conocido” no presenta a un determinado concurso toda su obra, ni siquiera la mejor, sino una concreta. ¿Hay alguna razón por la cuál la obra de un desconocido no pueda superarla en calidad? Va a ser que no.

Ya que antes hablábamos de leyendas urbanas, merece la pena sacar a colación  una, alimentada quién sabe si desde el interior, que propaga que la novela finalista del premio Planeta es mejor que la ganadora. Ese sonsonete se repite año tras año, aunque supongo que será como lo de los pimientos de Padrón: “a veces sí y a veces no”. Yo, por mi parte, pienso que se trata de una estrategia editorial para vender por igual las dos novelas.

Por cierto, se me olvidaba, mi hermano, escritor de mucho menos renombre que la galardonada, publicó una novela en 2004.

En la memoria del viento 

¡Felicidades, Quique!