Ayer por la mañana, numerosas voces  se alzaron en contra de la Reforma Laboral impuesta por el PP. La guerra de cifras maneja guarismos bastante distintos. Según fuentes policiales, 22000, mientras que los organizadores hablan de 40000. En cualquier caso la respuesta puede considerarse importante, aunque, con franqueza, yo tenía la esperanza de que la afluencia fuese mucho mayor.

Veinticinco, treinta o cuarenta mil personas manifestándose contra el abuso cometido contra los trabajadores, me parece mucha menos gente de la deseable para acometer una contrarreforma. Los organizadores estarán contentos con los 40000 que se anunciaron a bombo y platillo, a través de los micrófonos, pero yo no. A mí me parece que el ánimo general está muy alicaído y que, poco a poco, la indignación inicial se ha ido diluyendo y corre el peligro de desaparecer por completo. 

 Es cierto que no sólo había representación sindical y que otras voces se alzaron en la protesta, pero tengo la sensación  de que la mayoría de los ciudadanos están sumergidos en un letargo, que se me antoja demasiado prolongado. Es posible que muchos todavía no den crédito a lo que está ocurriendo, pero pasar está pasando y por lo tanto no podemos permancer de brazos cruzados, mientras un gobierno impone condiciones laborales que pueden llegar a esclavizar a los trabajadores.

Y esas condiciones impuestas, ninguneando a los sindicatos, no suponen tanto un ataque contra éstos, como un torpedo contra la línea de flotación de los trabajadores, a los que no sólo se pretende culpabilizar de una crisis de la que no son responsables, sino a los que se les castiga con una dureza, propia de los patronos de mil novecientos, condenándolos a la precariedad y a la inseguridad.

No voy a diseccionar los entresijos de la ley, que “los mercados” se han apresurado a alabar, porque gente mucho más cualificada que yo lo ha hecho con la precisión que el tema merecía, pero sí que voy a insistir en que el Gobierno les ha servido a las empresas la cabeza de los trabajadores, en bandeja de plata.

La Reforma Laboral abre la veda para que las empresas aligeren costes laborales, se quiten de encima a trabajadores “caros” y los sustituyan por jóvenes a los que explotar mediante contratos leoninos, carentes de los derechos que tanto costaron conquistar.

Parece que tanto al Gobierno, como a algunos ciudadanos, se les ha olvidado que los logros sociales y laborales jamás fueron un regalo gracioso de nadie, sino que tuvieron que conquistarse palmo a palmo, incluso con las vidas de algunos que nunca pudieron disfrutarlos. Eso jamás deberíamos olvidarlo, porque olvidaríamos los orígenes y, como diría Raimon, perderíamos la identidad y también la dignidad que ahora nos pisotean.

No debemos olvidar voces como la de Labordeta, que siempre supone un soplo de aire fresco.

Es necesario que la gente tome conciencia de la importancia de las medidas aprobadas por el gobierno y, sobre todo de sus intenciones, especialmente los jóvenes, que son los que peor parados salen de este envite, unos jóvenes a los que eché de menos la mañana del domingo. Probablemente el carnaval hizo tantos estragos como el desánimo, pero no deben olvidar que cuanto más tiempo se queden en el suelo, más fácil será que les acaben poniendo el yugo en el cuello.

Todos estamos en el mismo barco. No podemos consentir que nos lo torpedeen con impunidad.

 El problema no es para unos cuantos sólo, el problema lo tenemos todos y  tenemos que hacerle frente juntos.

 Sin nombrarla, me gustaría hablaros de ella…

Espero que la respuesta de próximo día 25 sea mucho más multitudinaria y siente las bases de la contrarreforma.