Los últimos acontecimientos y las continuas noticias que sitúan a la Comunidad Valenciana en el punto de mira, como ejemplo de gestión catastrófica, han convulsionado el panorama social y han desencadenado una ola de indignación entre los ciudadanos. Una gran parte de ellos asiste, estupefacta, al espectáculo, sin poder dar crédito a la avalancha espectacular de datos, desconocidos para la mayoría, que han aflorado y que inundan los medios de comunicación.

A resguardo de la efervescencia de la protesta ciudadana, nuestros dirigentes siguen adelante con su plan, contra viento y marea. El fantasma de la privatización de los servicios públicos arrastra sus cadenas.

Fabra no descarta el copago para sostener los servicios públicos

Por si no bastara con el expolio económico, con las astronómicas cifras de paro en la comunidad, con los presupuestos raquíticos destinados a Sanidad y a Educación y con la situación en la que se encuentran los Servicios Sociales, por ejemplo, ahora se nos amenaza, y yo no diría que veladamente, con el copago.

Espero que aquellos que creían que la cosa iba sólo con los funcionarios, abran los ojos y recuerden aquello de: Cuando las barbas de tu vecino…

 

Si no los defendemos, de nada servirán lamentaciones posteriores. La privatización o la desaparición de los Servicios Públicos producirá un empobrecimiento de la población y abrirá una brecha en la desigualdad social. Debemos defenderlos porque además de ser nuestros, suponen una garantía de protección social. Las manos que han despilfarrado el dinero público a espuertas pretenden meterse ahora en nuestros bolsillos de forma más descarada.

La necesidad de la movilización y de la reivindicación es una pura cuestión lógica, pero no nos olvidemos que en Grecia también las hubo y todos sabemos cuál fue el resultado final. También estaban indignados, como nosotros, pero quizá su indignación resulto ser efervescente. La efervescencia tiene la cosa de que pierde gas enseguida, ya se sabe, aunque a los humanos nos guste en el fondo, igual que los castillos de fuegos artificiales.

Esa efervescencia tiene el riesgo de que cada vez salgan menos burbujas y de que el gas se evapore por completo. Y después de eso, sólo viene la resignación. Por eso cada vez estoy más convencido de que además de todas estas protestas necesarias, sin ninguna duda, debe existir el pleno convencimiento de la exigencia de responsabilidades a los autores de los desmanes. Si nos quedamos sólo en la efervescencia…

Sugerente, ¿verdad?

Sigo creyendo que se necesita una acción popular para querellarse contra los responsables de las mentiras y la malversación, aunque, a día de hoy, se me antoja una tarea complicada, por culpa, en parte, de la efervescencia.