Si el otro día abría mi comentario con una clara referencia a la película de Tavernier, hoy quiero hacerlo con ésta, hacia la de Jonathan Demme.

No es tan recomendable como la otra, desde mi punto de vista, pero se trata de un thriller digno, oscarizado y encumbrado en su día, al que adornan una más que correcta dirección y unas notables interpretaciones. Pero no la menciono aquí por sus valores cinematográficos, sino por su título, ya que refleja la docilidad con la que los corderos se dejan conducir al matadero y su inexplicable y espeluznante silencio.

Ayer, ese silencio empezó convertirse en un clamor, que no puede ser ignorado, por mucho que el presidente de la Generalitat se ponga tapones en los oídos.

El hecho de que 50.000 personas salieran a la calle ayer para protestar por la agresión social, que pretende llevar a cabo la Generalitat Valenciana, no olvidemos que con la total connivencia del presidente del gobierno de la nación,

Rajoy felicita a Fabra por los planes de ajuste para combatir el déficit

 no debe considerarse como el “ya está”, sino como un paso más, ni el primero ni el último, que hemos dado hacia el objetivo de despertar a una sociedad reticente, pero más receptiva de lo que desearían nuestros gobernantes, un paso más, dado en la dirección correcta para exigir que los políticos irresponsables, que han despilfarrado confianza y recursos, respondan de sus desmanes, de una vez por todas y dejen de ser impunes, como demanda una, cada vez más numerosa, cantidad de voces.

Sería deseable que lo consideráramos el principio de un cambio, que se me antoja necesario para la defensa de unos servicios públicos y de una forma de sociedad, reflejada en nuestra Constitución y que está sufriendo el asalto de la voracidad de los que no merecen el título de político.

Porque el ciudadano de a pie, que asiste a una ceremonia de la confusión, orquestada desde intenciones políticas turbias, debe conocer la verdad de lo que hay detrás de este encarnizado intento de desprestigio de los Servicios Públicos y de quienes trabajan en ellos, que no sólo han sufrido recortes salariales y han sido amenzados con otros superiores e incalificables, sino que han sido presentados por la Generalitat, con la colaboración de algunos medios de comunicación, como los responsables del despilfarro y de la situación económica de la comunidad.

Y la auténtica realidad es que los Servicios Públicos son de todos los ciudadanos. Cuando el poder los ataca, busca aliados en cada uno de los estratos de la sociedad, y  presenta antes ellos los mensajes que más le conviene para tergiversar la única razón que le alienta, que no es otra que la de perpetuarse y permitir que unos cuantos continúen enriquececiéndose con desmesura, a costa de arruinar a la población. Luego, cuando la lluvia económica amaina o cuando los “mercados”, amos de nuestros destinos, gracias al servilismo de algunos de nuestros políticos, deciden que no conviene apretar más el cuello, no sea que la cuerda se vaya a romper, aparecen los auténticos responsables del descalabro, hinchando pecho y vomitando nuevas mentiras, presentadas, una vez más con la desfachatez más desvergonzada, como el justificante del rigor de nuestras desdichas. Pero el auténtico rigor de nuestras desdichas se concentra en el triunvirato formado por la gestión desastrosa y malversadora, la corrupción y la impunidad política. La depuración de responsabilidades y el dedo acusador reivindicaron su presencia en la calle.

Varias pancartas dieron cumplida muestra de ello:

Los mensajes no podían ser más claros.

Podía pensarse que, únicamente se trataba de dar rienda suelta a la indignación a base de menear pancartas y enronquecerse las gargantas, pero los mensajes eran numerosos y su procedencia era variada.


Porque la realidad es que han querido convertirnos en sus chivos expiatorios, no sólo a los trabajadores públicos, sino a todos los ciudadanos. Lo que pasa es que es muy probable que les haya salido el tiro por la culata y en lo que nos hayamos convertido, haya sido, como decían los geniales Les Luthiers, en “los chivos explicatorios”, tanto porque podemos y debemos explicarnos, como porque tenemos la obligación de exigir responsabilidades a nuestros gobernantes.

Esa es una tarea a la que nos debemos dedicar todos, cada uno desde nuestro puesto, buscando el punto de apoyo en el que tenemos al lado.

 

No creo que a estas alturas haya dudas al respecto. La agrupación es la solución para los males que nos aquejan, pero para que esta agrupación sea efectiva, es necesario reparar varias fisuras, las brechas abiertas en la opinión pública por  la labor de zapa gubernamental.

Uno de los mensajes dirigidos a la línea de flotación de los empleados públicos y digo empleados públicos, porque no todos son funcionarios, es que “España es un país plagado de empleados públicos”. Por ende, esto se haría extensivo a nuestra Comunidad. Al respecto, convendría echar un vistazo al artículo:

Radiografía de los Funcionarios en España

En él encontraremos cifras, ajustadas a la realidad. Por ejemplo, que España ocuparía el puesto 16 en el ranking de 25 países europeos analizados. Además, el grueso de empleados públicos está formado por profesores y sanitarios (43%). (El 20,3% se dedica a la docencia no universitaria y el 18,5%, al Sistema Nacional de Salud).

Ese mismo artículo desmonta, pues, el mito de: “Otros países no sufren la misma lacra que España en cuanto a trabajadores públicos”. Estamos al nivel de Alemania e Italia, por debajo de Francia y, por supuesto, muy por debajo de los países nórdicos, especialmente de Finlandia, Suecia y Dinamarca. Otra leyenda urbana desmontada.

Igualmente, queda desmontada esta otra: “Los empleados públicos tiene un empleo para toda la vida”. El 40% de los empleados públicos no tiene garantizado el empleo.

Convendría que ahondásemos, todavía un poco más en el tema, leyendo el artículo:

¿Demasiados funcionarios?

En general, tendemos a identificar al empleado público con el malencarado/a que está detrás de la ventanilla con gesto avinagrado, dispuesto/a  a hacernos la puñeta y sacarnos de nuestras casillas. Todos podemos contar más de una experiencia desagradable, al respecto. Pero, ¿es que en nuestro trato con la empresa privada no nos hemos encontrado con actitudes similares? ¿Es tan frágil nuestra memoria que ha olvidado el trato recibido, en más de una ocasión, en bancos, multinacionales, compañías de telefonía móvil y en un  sinfín de empresas más? Conclusión, hablando en plata, gilipollas hay en todos lados y malos profesionales, también.

Por otra parte, responsabilizar al que está detrás de la ventanilla de los males intrínsecos de la burocracia, me parece una injusticia desproporcionada.

Tenemos una tendencia natural a matar al mensajero, olvidando la realidad que nos rodea.

 

 

 Insisto en que detrás del desprestigio de los Servicios Públicos, se esconde la intención de su privatización, con el enorme coste que eso supondría para la sociedad en todos los sentidos.


Si no somos capaces de salvar los Servicios públicos nos encontraremos a las puertas de un futuro muy negro, un futuro en el que recordaremos con nostalgia aquello que nos dejamos arrebatar.

No podemos consentir que no ocupen el futuro. Desde nuestro presente debemos contribuir a su fabricación.

Hace poco me enviaron una de esas presentaciones con las que nos están bombardeando ahora. La rotundidad de la sentencia de Bertolt Brech hace indispensable su divulgación:

“El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye,no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el coste de la vida, el precio de los garbanzos, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales”.

¡Cuanta razón tenía don Bertolt!

No nos convirtamos en cómplices de mequetrefes y lacayos de empresa nacionales y multinacionales.

Ha llegado el momento de poner fin al silencio de los corderos.