Cuando era muy joven, siempre me llamó mucho la atención aquello de “Hay tontos que tontos nacen, tontos que tontos son y tontos que tontos hacen a los que tontos no son”.

Podéis elegir el grupo al que pertenece el individuo que tuvo la peregrina idea de denunciar que en una representación de “Hair” los actores fumaban en el teatro.

No tengo palabras para calificar a semejante espécimen, surgido de las mayores profundidades carpetovetónicas de rancios valores morales, anclados en las ínfulas imperiales que querían escalar montañas nevadas.

Este Guerrero del antifaz justiciero me parece un perfecto papanatas que ha encontrado en la denuncia rastrera el caldo de cultivo para conseguir sus segundos de gloria, una gloria mucho más que incierta.

“Los actores están fumando, señorita Pajín”. “Yo los denuncio y usted me nombra ciudadano ejemplar”.

Desprecio mucho más la falta de inteligencia de este sujeto que su incalificable comportamiento. Chivatos y acusicas con afán de notoriedad siempre ha habido, al igual que lameculos, y uno no tiene más remedio que andar sorteándolos. Ya se sabe que por sus hechos los conoceréis.

Con todo, lo más despreciable de este personaje es su intención de reescribir los textos para tratar de sentirse una especie de diosecillo y erigirse en guardián moral de occidente y hacer que todos pasen por el aro. “¡Se van a enterar éstos”, debió de pensar, mientras se veía poseído por una especie de fervor místico, cuando denunciaba el delito cometido en la obra.

Lo de menos es que los cigarrillos de la representación en cuestión no contuviesen ni un miligramo de tabaco (aunque eso sobraría para dejar con el culo al aire a cualquier denunciante), lo grave es la alarmante falta de cultura del Guerrero del antifaz que nos ocupa y de la ministra torquemadista que avala esa denuncia.

Ambos pretenden reescribir Hair. Se ve que a ninguno de los dos les gustaba. En el colmo de la estupidez, la ministra justifica la denuncia en base a que no era necesario mostrar que fumaban o que se podía haber representado de otra forma. Pues eso, que se sienten denunciante y animadora y que reescriban la obra, así podrán suprimir cualquier otro detalle que no les agrade, como por ejemplo la libertad que el libreto original respira por los cuatro costados.

La postura ridícula de ambos, su intransigencia y su intolerancia hablan por sí solas. Nos han dejado muy claro a todos los que tenemos dos dedos de frente de qué pie cojean.

Desde que se representó por primera vez en 1967, cuando la ministra metementodo ni siquiera era un proyecto fetal, Hair se convirtió en un alegato a favor de la libertad y en contra de los principios morales rígidos y falsos que estaban envenenando la sociedad. Desgraciadamente aquellos rancios principios han rebrotado, abanderados, encima, por quienes por su ideología política deberían abanderar otros que no fuesen los recortes sistemáticos de las libertades individuales y colectivas ni el papanatismo.

El Guerrero del antifaz denunciante no merece asistir a una representación de Hair, no está preparado para ello, necesitaría un reciclaje previo. Le recomiendo que le dé la mano a la ministra figurante y que ambos se vayan a hacer puñetas en un  coche oficial que, por cierto, pagamos todos.

Ese Guerrero del antifaz es un ciudadano cero patético, dispuesto a entrar a saco en Hair ofendiendo su espíritu y queriendo encerrar la libertad en los límites exiguos de las escasas neuronas de su cerebro.

Seguramente este Guerrero del antifaz no tenía ni la menor idea de lo que trataba Hair ni de lo que representa socialmente, la ministra tampoco. Ambos me recuerdan a aquel que entró en el cine en el año 79 a ver La vida de Brian en versión original subtitulada, y no sabía leer.

Señor Guerrero del antifaz y señorita ministra cojan su intransigencia, su intolerancia y su portentosa falta de inteligencia y métansela donde les quepa, que todos sabemos dónde es.

Hagan el favor los dos de dejar que entre el brillo del sol.