Doña Engracia titubeó antes de abrir el portal y asomar la cabeza al exterior con cierta expresión de miedo en el rostro. En sus setenta y cuatro años de vida no se había visto en otra como ésa.

Eran las once de la mañana. Un tibio sol parecía incapaz de calentarle los huesos con sus tímidos rayos. No había moros en la costa. Respiró aliviada y adelantó el bastón, tanteando el aire de la calle. No le gustaba ese artilugio, pero su rodilla izquierda estaba para el arrastre y sus hijas se habían empeñado.

—¡Estás muy torpe, mamá!—le habían cantado a coro—. El bastón es una ayuda.

¿Una ayuda? Un trasto es lo que era, pero por no discutir, se bajó del burro. Claro, que para no faltar a la verdad, tenía que reconocer que tardó muy poco en sentirse más segura con el armatoste.

La mañana era fresquita y el vientecito no invitaba a hacerse la remolona. Así que intentó apretar el paso, cuesta abajo, para ir a la panadería. Sus pies se arrastraban por la acera, como los de un juguete antiguo de cuerda, con el ritmo arrítmico, que marcaba el golpeo ligero del bastón en el pavimento.

Como de un tiempo a esta parte tenía la estabilidad y el equilibrio algo maltrechos, decidió que el espacio entre las dos líneas paralelas blancas, que habían pintado en la acera, era el mejor sendero para no perder el rumbo. Ése fue su error.

No llegó a oír los gritos de alarma de los pocos transeúntes que intentaron avisarla (ya le había dicho al médico que últimamente tenía que poner la tele a todo volumen para enterarse de algo). Tampoco oyó la imprecación del ciclista. Lo que sí oyó con toda claridad fue el chasquido de su cadera, al recibir el topetazo por la retaguardia, que la lanzó despedida varios metros calle abajo.

En el fragor de la batalla, el bastón la abandonó para hacer volantines en el aire, mientras su cabeza se golpeaba contra la acera con violencia. Doña Engracia la sintió como un melón maduro a punto de reventar.

—¡Pobre mujer!—exclamó una de su misma quinta, más o menos.

—Hay que llamar al ciento doce—dijo un señor trajeado, toqueteando su teléfono móvil.

—No hay que moverla. Se ha pegado en la cabeza—avisó otro, que parecía ducho en la materia.

—¿Cómo se encuentra?—preguntó una mujer, inclinándose sobre doña Engracia.

“Como una marquesa. ¡No te fastidia!”, pensó la anciana, a pesar de tener las neuronas más para allá que para acá.

—¿Qué ha pasado?—acertó a preguntar, sin embargo.

—Ha invadido el carril bici—le informó el señor del teléfono móvil.

—¿El qué?—balbuceó doña Engracia con expresión neutra.

—El carril bici—repitió el señor, señalando el espacio que había entre las dos líneas paralelas, pintadas de blanco en la acera—. Ya viene el SAMU—concluyó, cerrando la tapa de su teléfono móvil.

La ambulancia llegó al mismo tiempo que el agente de la policía municipal.

—¿Qué ha ocurrido?—preguntó a los presentes, antes que el médico.

—Ha invadido el carril bici—volvió a repetir el señor diligente.

El policía dirigió una mirada a la anciana, que estaba siendo atendida en esos momentos. Después reparó en el ciclista desconsolado, pero ileso, que contemplaba con consternación el ocho en el que había quedado convertida la rueda delantera de su bicicleta.

—¿Qué tiene, doctor?—preguntó después, fijándose en el chichón del tamaño de un huevo de paloma que ocupaba la mitad de la frente de la anciana.

—Aparte del golpe en la cabeza, que hay que valorar, tiene una fractura de cadera.

—Entiendo—contestó el policía, agravando la expresión de su rostro.

A doña Engracia le dio la impresión de recostarse en una nube esponjosa de algodón, cuando la subieron a la camilla. Las ideas se difuminaban a gran velocidad.

—¡Un momento!—dijo el ciclista, abandonando su ensimismamiento—. Yo tenía preferencia. ¿Quién me paga mi bicicleta?—preguntó, envalentonándose poco a poco.

Doña Engracia, a medio subir en la ambulancia, recobró la lucidez unos instantes. Se incorporó en la camilla.

—¡Tu puta madre!—contestó, dedicándole un corte de mangas, antes de volver a deslizarse por los mares de las ensoñaciones.

«Han escuchado, ustedes, un nuevo capítulo del serial radiofónico: “Preferencia en el carril”, interpretado por el elenco de actores de Radio Mira tú por dónde, bajo el patrocinio de la compañía aseguradora La Milagrosa».

«Recuerden: Los mejores seguros para peatones, adecuados a las nuevas exigencias viales, los encontrarán en La Milagrosa. Salgan a la calle con tranquilidad. Nosotros se la garantizamos. Consulten nuestras ofertas, desde seguros con daños a terceros (ciclistas) hasta el más completo seguro a todo riesgo. Comprueben nuestros precios y nuestras coberturas. Quedarán satisfechos».

Cada vez que escuchaba la canción Where do the children play? no podía evitar sentir tristeza por el futuro lúdico de los niños y el espacio en donde se desarrollaría. Mi infancia fueron juegos en la calle, irrepetibles en el caso de mis hijos e imposibles para mis nietos en el supuesto de tenerlos. La calle se convirtió en un espacio inhóspito en el que la ley de los vehículos motorizados campaba a sus anchas, reduciendo las zonas verdes, ampliando el tamaño de las calzadas y constriñendo el espacio en las aceras. La corporación municipal de Alicante ha contribuido a aumentar el peligro.

Los ciclistas tendrán preferencia en los carriles bici de las aceras. Ésa es la sesuda determinación tomada por nuestros políticos locales, a riesgo de provocar el incendio a lo bonzo de sus neuronas. No querías caldo, pues toma dos tazas. Si la calle ya era peligrosa, ahora lo será más, porque en cualquier momento puede surgir una procelosa bicicleta reclamando su habitat natural, delimitado por las dos líneas blancas paralelas, y convertir al peatón en un delincuente invasor de su espacio. Así están las cosas.

En un país en el que ni siquiera se sabe deletrear educación vial, introducimos un nuevo elemento para alimentar la confusión y de paso engordar la leyenda de empezar la casa por el tejado. Los ciclistas tendrán preferencia en los carriles bici de las aceras, como los burros en la medina de Fez. Se supone que será porque aquéllos pueden resultar tan peligrosos como éstos.

¡Ojo con los niños! Además de enseñarles a mirar a los dos lados de la calzada antes de cruzar y a respetar semáforos y otras señales, ahora habrá que añadir en sus cerebros el chip de “ceda el paso en el carril” para reconducir su conducta en las aceras.

A los ancianos habrá que reprogramarles el cerebro y recauchutarles las conexiones para que se enciendan sus señales de alarma en cuanto se aproximen a un carril bici, nuevo jerarca de las aceras.

La potenciación de la bicicleta en las calles de Alicante es una medida positiva y la inducción al uso de ese medio de transporte resultará, sin duda, beneficiosa para la salud de los ciudadanos, tanto por el aumento de ejercicio físico, como por la posible disminución de la contaminación y sus efectos; pero, francamente, me parece un desatino subir los vehículos a las aceras, aumentando el riesgo potencial de atropellos, y lo que me parece aún más peregrino es otorgarles preferencia de paso en un espacio que sólo está pensado para el disfrute y la seguridad del peatón.

Puede que los tiempos estén cambiando, pero no lo están haciendo necesariamente para mejor. Añadir riesgos es una insensatez y una temeridad. Encorsetar el espacio del peatón en la acera puede generar situaciones surrealistas.

A lo mejor no estamos tan lejos de un futuro al amparo de las coberturas de la compañía aseguradora La Milagrosa, patrocinadora del serial radiofónico Preferencia en el carril.

La calle es de todos, la calzada el territorio de los vehículos, tengan las ruedas y el motor que tengan y la aceras lo son de doña Engracia y del resto de los peatones mortales.

Yo guardo muy buen recuerdo de mi infancia y de la calle, por eso siempre me ha producido cierta tristeza escuchar la canción Where do the children play, que Cat Stevens cantaba antes de desbaratarse, poseído por fervores místicos.

Por si la queréis recordar…