Llevamos mucho tiempo oyendo o leyendo opiniones de políticos que, seguramente, se creen autorizados para emitirlas impunemente, ya que no tienen que rendir cuentas de ellas a nadie porque saben que alcanzaron hace tiempo el status de intocables.

A veces, uno se pregunta, al oír los continuos disparates con los que insultan nuestra inteligencia, si los políticos han perdido el norte y no saben ni de lo que hablan ni para quién lo hacen. ¡Ojalá fuera así! Pero, para nuestra desgracia, casi todos saben muy bien cuál es el blanco de su palabrería, aunque haya un nutrido grupo de políticos aficionados, resistente al aprendizaje, que sólo pretende estar de paso y enriquecerse lo más rápidamente posible, antes de recibir la patada en el culo en forma de exilio dorado, cristalizada en su nombramiento posterior para ésta o aquella otra comisión de “expertos”.

El discurso de los políticos de pedigrí va dirigido al centro puro de la masa de los potenciales votantes, indefenso ante sus triquiñuelas verbales, abrumado ante el aluvión de sofismas, agobiado y amordazado por los problemas cotidianos y culpabilizado por la desfachatez de los mandamases. Porque sí, la culpa de ésta o de cualquier otra situación no es de la incompetencia natural de nuestros dirigentes para gestionar ni de su servilismo a los mercados ni a las grandes fortunas que manejan los hilos del mundo. La culpa ni siquiera es del cha-cha-chá, la culpa la tienen los sufridos ciudadanos por haber nacido, como el Segismundo de Calderón.

No importa que haya voces autorizadas que discrepen. Basta con regatear sus opiniones, como por ejemplo:         Profetas del miedo

En base a estas premisas, el señor Pérez Rubalcaba ha tenido el cuajo de argumentar, para justificar la intención gubernamental de aumentar la edad de jubilación, que “es que ahora se vive más…”. Por eso no le parece suficiente que el trabajador se deslome durante 35 años para el beneficio del sistema (que todos sabemos quién es). El individuo debe producir más, debe robotizar su vida, porque así lo manda el poder, debe pensar menos y trabajar más. Debe, en definitiva, vivir para trabajar, en lugar de trabajar para vivir. Así será considerado un ciudadano de provecho.

Claro… Es que ahora se vive más. Como la esperanza de vida media en España es de 80 años, el estado tiene que soportar 15 años el gasto de una pensión, cuando a cambio el trabajador “sólo” le ha ofrecido toda su vida laboral a los sistemas de producción. ¿Quiere, también, su sangre, señor Rubalcaba, o prefiere para nosotros un futuro como el de Soylent green?

Claro… Es que vivimos más. Por eso debemos pedirle perdón a usted, al presidente de gobierno y a la oposición. También debemos sentirnos culpables porque al vivir más, aumentamos la incidencia de las enfermedades crónicas en la población (aumenta de forma exponencial a partir de los 65 años), llenamos las arcas de las compañías farmacéuticas (que, por cierto, pese a eso, no paran de despedir a sus trabajadores con ERES vergonzosas, consentidas por las autoridades políticas) y esquilmamos al Estado que se confiesa incapaz de frenar el aumento del gasto farmacéutico.

Claro… Es que vivimos más y eso no les parece bien a ustedes. Es natural. Vivimos más. Por eso debemos morir al pie del cañón, en nuestros respectivos puestos de trabajo, sin dejar de producir nunca, con las botas puestas. Vivimos más, pero más tocados, con más hipertensión, diabetes, enfermedades cardiovasculares, enfermedades autoinmunes y, desde que House invadió nuestras televisiones, con más enfermedades raras.

Claro… Es que vivimos más y a eso no hay derecho. ¡Pobre gobierno que tiene que apechugar con el progresivo envejecimiento de la población en un país al que la OMS le profetiza que el 78% de sus habitantes padecerá una enfermedad crónica en 2020! (Yo de ustedes, la verdad, me quedaría impertérrito, ya que éstos son los mismos que acuñaron el inservible slogan: “Salud para todos en el año 2000” o que dijeron que la gripe A acabaría con el mundo civilizado, y que había que enriquecer las multinacionales de las vacunas. La gripe pasó sin pena ni gloria, pero dejó muchos millones de billetes pegados a unos cuantos dedos).

Claro… Es que vivimos más. Menos mal que ustedes siguen siendo generosos y piensan hacer excepciones, además de las que ya hacen con sus compañeros de profesión que con sólo 7 años de cotización pueden optar a la jubilación. Como todos somos iguales, ustedes están dispuestos a contemplar que un trabajador con 41 años de cotización pueda jubilarse a los 65 años. ¿Qué pasará con los universitarios españoles, que prolonguen su período académico (másters, cursos, programas de postgrado…), entre otras cosas para garantizarle al Estado una mayor competitividad, gracias a la mayor formación de sus trabajadores? ¿Qué edad tendrán cuando lleven 41 años cotizados, si es que alguno llega a tenerlos, antes que  se les implante una prótesis de cadera, rodilla o quién sabe si de genitales externos? ¿Cuántos de los jóvenes de ahora mismo, universitarios o no, podrán cotizar un número suficiente de años con las miserables expectativas de trabajo que ustedes les están ofreciendo?

Desprecio, señor Pérez Rubalcaba, declaraciones e intenciones como las suyas. Desprecio el desahogo que se ha instalado en la clase política que sólo pretende servirse a sí misma, pasa por encima de los ciudadanos y nos insulta día tras día. Ustedes han despilfarrado las expectativas y las ilusiones, que nosotros depositamos en sus manos como nuestros legítimos representantes. Ustedes han malversado nuestro crédito y han traicionado nuestra confianza, porque la han utilizado de forma cicatera para blindar sus prerrogativas y los desmanes que les han proporcionado a muchos de ustedes pingües beneficios.

Lo malo es que los depredadores están al acecho, dispuestos a aprovecharse del descontento general, y a canalizarlo y utilizarlo en su beneficio. Lo malo es que por culpa de la inmundicia de la política actual, corremos el riesgo de que aparezca un “salvador” con piel de cordero, que ofusque los entendimientos, nuble las ideas, enarbole la bandera del cabreo y acabe pasándose por el forro, más aún de lo que lo están haciendo ustedes, nuestros logros sociales conseguidos con esfuerzo, nuestros derechos y nuestras libertades individuales.

Lo malo es que no estamos a salvo de iluminados peligrosos capaces de decir cosas parecidas a: “Si España me necesita, volveré”, como si fuesen un Terminator de pacotilla o un Charlton Heston, travestido de Cid Campeador con el lenguaje florido del imperialismo franquista.

Lo malo es que no estamos a salvo, y ustedes tienen la culpa.

Aunque sé, señor Pérez Rubalcaba, que es muy difícil que usted tenga conocimiento de esta reflexión, ojalá se le aparezca el fantasma de las elecciones pasadas para que le muestre el camino perdido de la ilusión, que un día todos compartimos, y para que el fantasma de las elecciones futuras le muestre la cara más descarnada de un desencanto, que tiene muy mala pinta.

Proponga usted la jubilación a los cien años. Ya se sabe que es tiempo suficiente para aquello de: “Dentro de cien años, todos calvos”.

Por cierto, señor Aznar, España no sé, pero los españoles no lo necesitamos para nada. Así que quédese cobrando la millonada que dicen que cobra por tocarse las pelotas, y no nos las toque a nosotros.