Si a cualquiera se le ocurre criticar algún aspecto del juego del Real Madrid, la primera descalificación que recibe es: “¡Claro, como tú eres del Barça!”. Igualmente, es tachado de madridista aquel que osa criticar al equipo azulgrana. En política ocurre exactamente lo mismo. Por eso, antes de continuar, quiero aclarar que no pertenezco a ningún partido político ni tengo la intención de hacerlo en un futuro cercano ni lejano.

Hecha esta aclaración, me gustaría añadir que la clase política española ha construido a su alrededor un corral elitista, en el que se ha atrincherado, soñando con convertirse en la nueva nobleza de la corona, reclamando y disfrutando prerrogativas feudales, mientras pone en práctica de forma continua los preceptos de una especie de secta de las tres íes: incompetencia, intolerancia e impunidad.

Fiel a esos postulados, la ministra de Sanidad ha rizado el rizo y se ha permitido el lujo de sacar a paseo, dedo en ristre, sus ansias acusadoras para contagiar a la población con una especie de virus de fundamentalismo intolerante, que aglutine y redireccione el cabreo monumental que la gente tiene por otros motivos y lo haga cristalizar en la denuncia activa del fumador, que incumpla cualquiera de los epígrafes de la nueva ley antitabaco.

Apelar a la “responsabilidad ciudadana” para sostener el argumento de la delación popular, me parece francamente bochornoso y muy ilustrativo.

Vaya por delante, por si alguien sufre un ataque agudo de demagogia al leer esto, que decir que el tabaco es intrínsecamente malo es una obviedad incuestionable. Decir también que sus efectos nocivos sobre la salud colectiva comparten podio con los debidos al consumo de alcohol (sanitarios y sociales), a los producidos por la contaminación en las ciudades, y a las agresiones o mejor envenenamientos por sustancias químicas y tóxicas de origen industrial, resulta exactamente igual de obvio. Es lógico suponer que existirán normativas reguladoras, con respecto a la utilización de estos tóxicos, incumplidas de forma sistemática, por otra parte, y muy poco denunciadas por los contaminados de a pie.

Lo que, desde mi punto de vista, tiene narices es la incitación pública de la máxima responsable del Ministerio de Sanidad a que las comisarías se llenen de denuncias de ciudadanos “ejemplares” para mantener a raya a los abyectos fumadores, catalogados, por obra y gracia del dedo acusador, como una especie de potenciales asesinos a través del humo.

Me viene a la cabeza el sketch de un programa televisivo de Rosa María Sardá, hace más de veinticinco años, que resultaba premonitorio de la situación actual con respecto al fumador. Quizá alguien más lo recuerde.

La actitud de doña Leire Pajín y su incitación a la denuncia me parece lamentable, porque desenfoca el auténtico valor de una ley antitabaco, para transformarla exclusivamente en una ley antifumadores, pretendiendo convertir al ciudadano “sano” en el guardián de la comunidad, en el espía de su vecino, en un delator activo, que dé rienda suelta a sus rencores y frustraciones, consolidando los cimientos de un auténtico estado policial. Denunciémonos los unos a los otros, vigilemos las conductas de los demás, inmiscuyámonos en las libertades individuales, glorifiquemos la intolerancia. Empecemos por poner en el punto de mira a los fumadores y continuemos, luego, con los otros “distintos”: calvos, melenudos, gordos, flacos, altos, bajos, rubios, morenos, intelectuales, incultos, negros, blancos, autóctonos, inmigrantes, hombres o mujeres.

A todos aquellos a los que esto les parezca una exageración, simplemente les  recomendaría que se dieran un paseo por la historia reciente del mundo occidental, para comprobar que este “fenómeno” ya se ha producido en más de una ocasión con consecuencias funestas. Por eso me gustaría que, en lugar de denunciar al fumador transgresor, instalados en la comodidad de la prepotencia transmitida desde el ministerio, denunciásemos que alimentar el fuego de la intolerancia es una actitud ideológica abiertamente fascista. Por la cuenta que nos trae, deberíamos gritárselo a los cuatro vientos a ésta y a otro puñado de políticos.

La recomendación de la actual ministra de Sanidad ha añadido una nueva i a los postulados del catecismo político: la insensatez.

En mi época infantil, en el colegio de curas, cuando el profesor abandonaba la clase de improviso, acuciado por una urgencia miccional o de cualquier otra índole, se dirigía a un alumno: “¡Fulanito, apunte en la pizarra!”, decía invariablemente. El fulanito elegido se sentía un átomo del poder, durante unos instantes. Un trozo de tiza en una mano, el borrador en la otra y la superficie negra de la pizarra, dispuesta a reflejar la conducta impropia de cualquier alumno ejemplar.

La ministra de Sanidad hubiera sido feliz en aquellos momentos, en aquella otra época. Las mejillas arreboladas por la excitación, el brillo de satisfacción en sus ojos, el cosquilleo erizando el vello de su nuca, el temblor imperceptible de sus dedos al rozar la tiza, el poder oscuro de la pizarra reflejando el color de sus ambiciones… Fulanito no había sido el elegido. La elegida había sido ella. El profesor lo había dicho muy claro, todo el mundo había podido oírlo: “¡Pajín, apunte en la pizarra!”.

Dejaré que Manolito, el amigo de Mafalda, le dé la única respuesta posible a nuestra nueva inquisidora:

Por cierto, no fumo.

 

 

 

 

 

Por cierto, no fumo.