Hoy, diecisiete de diciembre, he tenido la fortuna, y os puedo asegurar que nunca mejor dicho, de asistir a la lectura de la tesis doctoral de mi hija Carla.

Ya sé que al leer esto, una gran mayoría pensará que un padre, por muy desnaturalizado que sea, y también puedo aseguraros que, desde el punto de vista más tradicional, yo podría cumplir ese perfil, se sentiría legítimamente orgulloso de un triunfo tan rotundo como el obtenido por su hija, y que eso podría producirle una distorsión de la realidad y privarle de la capacidad de análisis objetivo.

Sería un hipócrita, defecto que, afortunadamente, no me adorna, si dijera que no estoy orgulloso, porque sí que lo estoy, pero no por la satisfacción personal propia, sino por el reconocimiento oficial a una labor realizada durante muchos años, que ha culminado, como no podía ser de otra forma, con la inevitable calificación de sobresaliente cum laude.

Hace muchos años, cuando Carla era muy pequeña, mi tía Andrea, me preguntó si no estaba contento por las extraordinarias notas que la niña había sacado en el colegio. Le contesté que sí lo estaba, pero no por mí, sino por ella. Como ayer, esa misma alegría me desborda hoy.

Con este preámbulo, algo largo, lo reconozco, quiero que entendáis que me considero alguien al que las ramas no le impiden ver el bosque, por mucho que tengan un tronco común.

Por eso, puedo decir que la tesis de Carla, atractiva por la combinación equilibrada de lenguaje, imagen, cine, idioma, traducción y humor, es un trabajo perfecto de investigación y metodología, desbordante de originalidad, redondeado por una exposición brillante y fluida que ha conseguido calar en tribunal y auditorio, despertando un interés más que notable por las posibilidades abiertas en sus conclusiones.

Espero que, cuando se recupere de la fatiga y la vorágine del acto académico, no sólo se limite a publicar la tesis, sino que utilice el abundante material recopilado para la publicación de artículos, documentos o tal vez libros y que siga profundizando en sus investigaciones para hacer disfrutar a los potenciales lectores.

Hoy he podido comprobar que la llama del ingenio, cualidad en peligro de extinción, puede considerarse a salvo gracias a trabajos e iniciativas como ésta. Me ha resultado muy reconfortante asistir a la compatibilización de la investigación universitaria con la “cultura popular”. Creo que debo darte las gracias por ello, Carla.

Quiero felicitarte públicamente y hacer extensiva mi felicitación a Juan, tu compañero, que con su apoyo técnico y táctico ha contribuído, sin duda, a aumentar la calidad y brillantez de tu exposición.