El inexistente encanto de la politiquería

Confieso que, a raíz de los últimos acontecimientos políticos en Cataluña, no he podido quitarme de la cabeza la extraordinaria película de Buñuel. La imposibilidad de los personajes para poder llevar a cabo su cena me parece la mejor parábola surrealista para definir la actitud de los políticos de uno y otro signo, que hemos padecido los ciudadanos de todos los rincones de España.

 

 

Como a los espectadores de esta secuencia, sólo nos queda el abucheo. El espectáculo que nos ha ofrecido y que, mucho me temo, va a seguir ofreciéndonos una gran parte de la clase política que sufrimos, ha sido bochornoso y vergonzante. Un nutrido grupo de representantes políticos ha renegado de su condición y ha abrazado la única religión que es capaz de profesar: la politiquería.

Politiquería: Degeneración de la política. Intervención en la política con propósitos turbios, para ganancia personal o de un grupo, aprovechándose de forma egoísta del poder o la posición pública.

Aunque pueda tomarlos como excusa, la politiquería no tiene nada que ver con los intereses generales de una población.

Ejemplos de uso: “La politiquería se desarrolla en medio de intrigas, maniobras, bajezas, impreparación y oportunismo de sus protagonistas”.

“El altruismo de la política es suplantado por el egoísmo de la politiquería”.

“Los verdaderos móviles de la politiquería son la voracidad por el dinero o el poder, o la envidia, el rencor y los celos”.

La politiquería se diferencia de la política en que esta última tiene una noble misión de consagración al interés general y de servicio a los demás.

 

La politiquería ni siquiera tiene un discreto encanto como la burguesía reflejada por Buñuel. Su encanto es inexistente. La falta de respeto con la que hemos sido tratados los ciudadanos es absolutamente intolerable. La ofensa a nuestra inteligencia ha alcanzado cotas espeluznantes. Y todo, ¿para qué o por qué? Sólo para tratar de poner a salvo el culo propio, después de haber permitido, unos y otros, que la situación se  haya corrompido de la forma que lo ha hecho.

 

 

Igual que los personajes buñuelianos, estarán condenados a vagar en silencio, recorriendo la carretera, que lleva a ninguna parte. Su nula capacidad de comunicación y su falta de voluntad para llevar a cabo su trabajo les incapacita como servidores públicos y, lo que es peor, hasta como personas. Si tuvieran la vergüenza de la que carecen deberían coger el portante y desaparecer, haciendo mutis por el foro, enrollando su fracaso y dejando paso a nuevos políticos, cuya talla no sea tan microbiana como la demostrada por los inútiles que nos han puesto a los pies de los caballos.

 

 

La talla política de Mariano Rajoy está fuera de toda duda. Es infinitesimal. Siempre lo ha sido y siempre lo será. No necesitábamos la demostración de la proverbial zafiedad de su actuación (¿o sería mejor decir de su catatonia?) para comprobarlo o, por lo menos, yo no lo necesitaba. Tampoco lo necesitaban sus votantes, cuya fidelidad inquebrantable, siempre y cuando no haya muestras de flaqueza o titubeo, le sobraría en estos momentos para alcanzar una mayoría mucho más holgada en el caso de unas hipotéticas elecciones generales. Hay mucha más gente de la que parece a la que le gusta que se siembren vientos que, inevitablemente, desencadenarán tempestades.

 

 

La talla que no conocía era la de Puigdemont. Jordi Évole se encargó de descubrírmela.

A la altura del betún, que se dice, quedó el angelito. Apañados están los catalanes con semejante monigote, aunque igual de apañados están con sus representantes independentistas, después de la conga que se marcaron a primeros de septiembre en el Parlament, insultando a la libertad, faltando al respeto a sus oponentes políticos, pisoteando las más elementales reglas de la democracia, escupiendo a la institución catalana y pasándose por el forro su propio reglamento. La chirigota, exenta de gracia por completo, secuestró al nacionalismo, lo redujo a cenizas y lo convirtió en un totalitarismo bananero de barracón de feria.

 

 

Pésima me parece la actuación y actitud de quien se ha comportado como un títere sin norte ni sustancia política, pero más dolorosa y lamentable me parece la pérdida de raciocinio de aquellos a quien tenía por políticos de mayor enjundia, como Oriol Junqueras y, sobre todo, Joan Tardá. No me vale que se descuelguen con frases parecidas a No nos han dejado otro remedio. El remedio no puede pasar por entronizar a Maquiavelo ni, mucho menos, por mentir de forma reiterada y descarada, tergiversando la verdad, arrimando el ascua a su sardina, encizañando y jugando con los sentimientos de un pueblo, al que han pretendido engañar y del que se han burlado de mala manera. Por cierto, señor Junqueras, qué es eso dels països catalans, ¿imperialismo de izquierdas?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡Qué lastima! Tampoco tienen la altura mínima exigible. No pueden montar en la montaña rusa, se tienen que quedar en tierra. Si la única salida que les queda es la huida hacia delante, pronto se despeñarán por el túnel del tiempo, camino del olvido. Claro que, a lo mejor, se consuelan con las salidas de pata de banco del sarcástico rey de los ciento cuarenta caracteres, incapaz, tal vez de escribir ciento cuarenta y uno por falta de argumentos, a menos que se los invente, como ha tomado por costumbre.

 

 

¿Cómo olvidarnos del superpresidente, al que las CUP presumen de haber defenestrado? La hemeroteca resulta implacable con Artur Mas. Por la boca muere el pez.

Lo cierto es que el delfín del Napoleón de la Generalitat, l’hereu Pujol, se hinchó literalmente, durante un par de años o más, a lanzar proclamas, convertidas en titulares de prensa, en las que aireaba a los cuatro vientos las bondades de la hipotética secesión, asegurando que las empresas harían cola para instalarse en la nova Catalunya y que ninguna la abandonaría, apelando a una suerte de matrimonio canónico, plagado de argumentaciones peregrinas, que giraban como la pescadilla que se muerde la cola y que no resultaban muy comprensibles.

A día de hoy, con la realidad de la estampida de gran parte de las empresas del Ibex catalán desmintiendo su vergonzosa euforia politiquera, el president destronat se muerde la lengua, a riesgo de envenenarse, y dice:  “Para ser independientes hacen falta algunas cosas que aún no tenemos: control de infraestructuras, de aduanas y fronteras, que la gente pague a la Hacienda catalana y una Administración de Justicia que haga cumplir las leyes del Parlamento catalán”. Tararí que te vi, querido.

 

 

Lo de las CUP me parece de traca. ¿En serio creen que su supuesta república catalana estaría en condiciones de construir una banca nacional, después de la fuga de los principales bancos de su territorio? ¿En qué especie de mundos de Yupi viven? ¿Es que todavía no se han dado cuenta de quiénes son los dueños del dinero y de los pisos que sueñan distribuir entre los necesitados? ¿Todavía no saben quién detenta el poder? ¿No saben cómo se las gastan? ¿Qué han hecho hasta ahora para evitar que la autonomía catalana sea la que mayor porcentaje de sanidad privada tiene en todo el territorio nacional? No basta con autodenominarse antisistema. ¿Dónde está su activismo? ¡Ah, claro! Los recortes y la sanidad privada son por culpa de la pérfida España. La utópica república feminista catalana pondría freno a siglos de dominación e injusticia y repartiría los billetes del Monopoly a partes iguales entre todos los ciudadanos, ¿no? Y colorín, colorado.

Por cierto, Antonio Baños, emigrado por cabreo de las CUP a la plataforma Súmate (autora del ejemplar tuit, señalando a Jordi Évole con el famoso cartel de “se busca”), tuvo la desfachatez histórico-política-social de equiparar la desobediencia del Parlamento catalán a la de Rosa Parks. Y se quedó tan pancho.

 

 

También he comprobado, francamente con dolor, la disminución progresiva de la talla de Pablo Iglesias, convertido en una especie de diminuta Alicia en el País de las Maravillas, después de comerse la parte equivocada del hongo. Su ambigüedad ambigua, su necesidad de contentar  a externos e internos coaligados, cierto desenfoque en el periscopio y en el punto de mira de sus intenciones y un incorrecto uso del lenguaje le han hecho dilapidar una gran parte de la ilusión que generó en su día y que veo muy difícil pueda recuperar.  No considero que enarbolar la bandera de la demagogia y usar el twiter como Trump sean los mecanismos que su partido necesita para crecer y consolidarse. Me gustaría aclararle una cosay a Joan Tardá también. A ambos, se les llenó la boca utilizando el término “presos políticos”. Quizá no se dieron cuenta de que no es lo mismo presos políticos que políticos presos. Los políticos no tienen patente de corso para hacer lo que le salga de las narices. ¿O es que ya no nos acordamos de aquello de la casta?

 

 

La bandera del 155, enarbolada con vehemencia por Abert Rivera, satisfará sin duda a un buen número de sus teóricos votantes, que lo pueden contemplar como un estadista moderno, pero su machacona insistencia, según mi opinión, no deja de ser más que una petición de humillación a sus adversarios políticos, no exenta de cierto revanchismo, dejando al descubierto su incapacidad de diálogo inicial para haber reconducido la situación. Sus intereses electoralistas le hacen olvidar el nutrido grupo de independentismo que ha florecido en Cataluña. Su efervescencia en el desprecio a esa voluntad puede provocar que el tiro le salga por la culata.

 

 

 

 

 

 

 

 

El voy, pero no voy, el apoyo, pero repruebo y el constante bombardeo de los dinosaurios del partido dificultan el camino del PSOE en esta andadura, como en otras muchas, provocando fisuras en la unidad de un  partido, que no parece terminar de tener las cosas claras o, por lo menos de transmitirlas de una manera eficaz. Al menos, esa impresión le da a uno que no es ni militante ni votante socialista.

 

 

En fin, un tótum revolútum, cristalizado en el referendum por cojones del Govern Catalán y en el empecinamiento en el no nos moverán del Gobierno de Rajoy, blandiendo el estricto espíritu de la ley, ha alimentado una sinrazón, llevada al más puro enconamiento, aderezado por las represivas hostias como panes de las fuerzas antidisturbio nacionales y el discutible comportamiento de los mossos, en algún que otro caso.

De cualquier manera, la conclusión que se puede extraer del comportamiento de las respectivas fuerzas políticas pone de relieve su pétreo inmovilismo recalcitrante y su nula capacidad de diálogo.

 

 

La irresponsabilidad política de unos, otros y todos ha desembocado en la instauración de un conflicto, que parece más un enfrentamiento entre los grupos ultras de dos aficiones futboleras, defendiendo sus colores sin capacidad de discernimiento. La pasión ha desbordado el terreno de juego, a golpes de banderazos de estelada y de enseñas constitucionales. A ver quién la tiene más grande.

 

 

Mal asunto, porque la manipulación bidireccional ha sido y es tan intensa, que las ramas no les permiten a la mayoría poder vislumbrar el verdadero bosque ni, probablemente, la auténtica dimensión del problema. Mi bandera y yo tenemos razón, gritan unos y otros como único argumento, sin escucharse.

Semejante batiburrillo ha provocado un aluvión de bulos, noticias falsas y burdas manipulaciones constantes, desde uno y otro costado, con el único fin de demostrar que se tiene una razón, desafortunadamente, muy alejada de la realidad. Es difícil dilucidar la veracidad de diferentes informaciones, cuando tocan la fibra del sentimiento, pero flaco favor se hace a la verdad con su masiva propagación a través de las redes sociales sin el menor rigor a la hora de las comprobaciones.

El equilibrio y la sensatez se han ido al garete. Supuestos eruditos han contribuido a la ceremonia de la confusión, dando validez a bulos descarados, como a supuestas fracturas de los dedos, uno a uno, por ejemplo.

 

 

En este sentido, comparto plenamente la opinión de Paolo Lüers: “Si la política es demasiado importante como para dejarla sólo en las manos de los políticos, mucho más peligroso es dejarla en las manos de troles anónimos y publicistas”.

En el año 73 del pasado siglo, compré un póster en Andorra. Los rostros de los jugadores del equipo de fútbol habían sido sustituidos por los de varios líderes políticos mundiales, incluido el Papa (Pablo VI, en aquellos momentos). Me acompañó durante los últimos años de carrera en Valencia. Por desgracia, se rompió y no puede conservarlo. Recordándolo, me he permitido realizar una particular visión de la actualidad.

 

 

Las propuestas de mediación actuales (¡A buenas horas, mangas verdes!), después del daño que unos y otros han hecho al conjunto de ciudadanos y del abismo, que han abierto bajo nuestros pies, sólo echan más leña al fuego de la hoguera de la incapacidad de unos políticos, que hace tiempo abandonaron la política para dedicarse en cuerpo y alma a la politiquería. Menos mediación y más capacidad de trabajo y responsabilidad, extensible a otros actores de esta esperpéntica película.

 

 

Desgraciadamente, todos estos actores se resistirán a levantar el culo de su asiento. Se han pegado a él con Loctite, y no los podremos sacar de allí ni con espátula. No abandonarán la película, porque no tienen el menor atisbo de vergüenza. Como decía mi madre, la vergüenza era verde y se la comió un burro.

¡Qué maravilloso sería que toda esta patulea se largase de una puñetera vez para dejar paso a verdaderos políticos, que tuviesen muy claro su compromiso social y renegasen del inexistente encanto de la politiquería!

Como eso no va a ocurrir, ojalá resucite Buñuel para retratar sus miserias en otra extraordinaria película.

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Si l’avi Siset levantase la cabeza…

A finales del 68 o, tal vez, a primeros del 69,  escuché por primera vez las canciones de Lluís Llach, concretamente  este LP.

 

 

Fue en casa de mi gran amigo Pepe Cubí, por desgracia ya desaparecido, en la que se hablaba un catalán de idéntico pedigrí al del joven cantautor, puesto que procedían del mismo entorno gerundense, aunque se habían afincado en Alicante.

Defensor de las raíces, mi amigo mantenía viva la llama, comprando los discos de la nova cançó y el diario deportivo Dicen, que llegaba a Alicante con un día de retraso.

No tardé mucho en comprender el significado parabólico de L’estaca. Poco más tardaron en comprenderlo en toda España, convirtiéndola en un himno de libertad. No fueron sólo las gargantas catalanas quienes lo entonaron, sino las de muchos españoles, otorgándole la grandeza del objetivo común.

Tuve ocasión de comprobar que L’estaca se había convertido en un himno a la libertad, pero en un himno de todos, cuando asistí a un recital de Lluís Llach, en el Teatro Principal de Valencia, en 1973.  A la salida, una nutrida horda de grises aguardaba a las puertas del teatro. Por fortuna, no se produjo una temida carga, que hubiese quebrantado más de un hueso y hubiese llevado a otros cuantos al calabozo. Definitivamente, la estaca estaba muy carcomida.

 

 

Pese al mal viento que se lo llevó, l’avi Siset reposaba en paz con la satisfacción de saber que, primero, su nieto propagaba su canto y, por fin, que la estaca carcomida se había derrumbado, abriéndole las puertas a la libertad.

Esos nuevos aires trajeron consigo la Consitución, aprobada por el conjunto de los ciudadanos del Estado y una posterior autonomía para el pueblo catalán.

El paso del tiempo resulta implacable, sin embargo. El nieto de l’avi Siset ya no canta. Se metió a parlamentario. Ahora, sólo hace twiters o declaraciones institucionales.

 

 

 

“Los funcionarios que no cumplan la ley de transitoriedad serán sancionados”

 

El nieto de l’avi Siset no ha necesitado la guitarra. Ha cantado a capella la nueva versión de L’estaca. Ahora, se llama “La tranca”. El corresponsal de Libération lo ve así.

 

 

“Lluís Llach, de cantante amenazado a diputado amenazante”

 

El espíritu de l’avi Siset se ha quedado perplejo ante semejante transformación y ante los compañeros de viaje elegidos por su nieto para tronchar Cataluña en dos, a base de trancazos, chulerías, victimismos, amenazas y saltos con pértiga a la legitimidad y a la libertad.

En medio de ese tótum revolútum, uno de los aspirantes a la medalla de oro de los ciento cincuenta caracteres impone su ley, la del embudo, por ejemplo.

 

 

¿Callos? Los del señor Rufián llevan garbanzos. El señor Coscubiela, en cambio, tiene las ideas claras.

 

 

“La fama en Twitter dura menos que en Eurovisión, me la refanfinfla”

 

Otros compañeros de viaje, incluso el propio nieto de l’avi Siset, miraron hacia el lado equivocado, permitiendo  que la bagatela del tres por ciento se convirtiera en un tsunami para mayor deshonor y desvergüenza de la familia del nuevo rey Midas, al que casi convierten en presidente perpetuo de la Generaltat. El consenso fue unánime para que él y su estirpe camparan a sus anchas.

Al lado de la más rancia derecha, también se amontonan otros compañeros de viaje, que llevan la etiqueta de antisistema, pero que han permitido con su aquiescencia que la sanidad catalana esté entre las cuatro peores de España en 2016, con un porcentaje de concertación privada que alcanza el 25%.

 

Los Servicios Sanitarios de las CCAA. Informe 2016

 

Por eso y para disimular otras incongruencias, estos últimos viajeros incorporados distraen la atención con la utilización barriobajera y malintencionada del arte gráfico, sin otra finalidad que enturbiar la convivencia, señalando con el dedo de hacer daño.

 

 

Ya sé que pidieron disculpas, probablemente tras el lógico revuelo provocado. Me da igual que lo hicieran con la boca grande o con la pequeña. Para cuando lo hicieron, ya habían logrado más que de sobra sus intenciones. Los pasquines son la máxima expresión de la libertad y de la democracia, ¿verdad?

Como le tienen cogido el gusto a la cosa del cartel, se nos descuelgan con otro, que anuncia sus propósitos en un hipotético e improbable futuro venidero.

 

 

Ya sé que dicen que su república soñada es una república feminista y que la figura de la mujer barriendo lo simboliza, pero no deja de resultar chocante, porque admite una segunda lectura tan clara como alejada de sus pretensiones. Dada la ambigüedad y los bandazos que han dado hasta el momento, cualquier hipótesis podría resultar creíble.

No deja de resultar curioso que, entre los monigotes pasto de la escoba, se encuentren los dos anteriores presidentes de la Generalitat que, si no me equivoco, fueron elegidos por los catalanes sin la intervención de los insidiosos españoles.

 

 

Con una mano dan jabón y con la otra reparten estopa con la tranca, cuando la deja libre el nieto de lávi Siset. Palos de ciego, en medio de frases huecas y consignas ampulosas.

No quiero olvidarme de la diputada, que tenía la edad suficiente como para que la idea del respeto a la democracia estuviese bien sedimentada y arraigada. Sin embargo, de forma absolutista y totalitaria, intransigente y patética, retiró la bandera que no le gustaba del escaño del parlamento, porque le dio la real, perdón, la republicana gana.

 

 

También es una gran compañera de viaje.

Al nieto de l’avi Siset, como a otros compañeros de fatigas del circo que han montado, se les ha puesto cara de mártir, incluso han empezado a sentir una especie de sensación orgásmica en el bajo vientre, ante la perspectiva de un único instante de gloria o lo que sea.  Lo malo para todos ellos es que el espíritu de l’avi Siset no quiere descansar en paz, a costa de la utilización torticera de su sueño, que le están reventando a base de twiters rebosantes de basura.

El delirante espectáculo del parlamento catalán abochornaría a cualquiera que no estuviese cegado por la intolerancia. Si no fuera porque no tuvo gracia, yo diría que fue la sesión más marxiana que uno pudiese imaginar. A la presidenta, sólo le faltó pintarse un bigote, como Groucho Marx, y proclamar: Estos son mis principios, y si no les gustan, tengo otros.

 

 

Si l’avi Siset levantase la cabeza…

 

 

 

Imagine

 

 

El silencio es la mejor de las condenas.

 

 

 

Más que primos lejanos

Por cosas de la rancia endogamia de las monarquías europeas de principios del sigloXX, éstos sí que eran primos.

 

 

Esa circunstancia, no obstante, no impidió que la liaran parda y se embarcaran en una contienda brutal, amparada por las ansias expansionistas de ambos imperios, en busca de la hegemonía en África y Asia.

Tras la derrota en la primera guerra mundial, el Kaiserreich (Imperio alemán) se fue a hacer puñetas con la abdicación de Guillermo II y la conversión de Alemania en una república.

Cuando veinticinco años después el Tercer Reich es vencido, tras una nueva guerra que buscó el reparto de todo el territorio mundial, el liberalismo democrático derrota al totalitarismo, ideología que vulnera los derechos humanos por definición. Pero, por una de esas bromas que tiene la genética política, resulta que, más de setenta años después, resucita el mensaje inflamado de totalitarismo en los discursos de los primos lejanos.

 

 

La señora May tiene los mismos pelos en la lengua que neuronas en el cerebro.

 

 

¡Y si no les gustan mis principios, tengo otros!

Lo malo es que los británicos, con neuronas o sin ellas, han confiado el gobierno a una señora que veladamente, o no tanto, se ha mostrado partidaria del terrorismo de Estado. ¿Será que el pueblo se ha cansado de escuchar a los políticos y vota al pito pito gorgorito? ¿Será que esas ideas son compartidas por la mayoría o, tal vez, será que la falta de cultura provoca inanición?

Si el pueblo británico se deja atrapar en esa telaraña y se olvida de la causa por la que dieron sus vidas millares de antepasados, puede que un día se despierte y alguien le haya cambiado su bandera.

 

 

Tal vez parezca una pesadilla, incluida en un relato de ciencia-ficción, pero en Francia, ha estado a puntito de pasar, y no es descartable que termine por ocurrir en un futuro no muy lejano.

 

 

¡Sacré Bleu! ¡My God! ¡La Santa Alianza! ¡Dios nos coja confesados!

Para alguien que creció recibiendo los insultos de los que se creían prepotentes en ambas naciones: “África empieza en los Pirineos”, resulta muy oportuno preguntar ahora: ¿Dónde termina Europa?

Cuando las barbas de tu vecino veas cortar…

No estamos a salvo.

La culpa es de JR

Si el Cha-cha-chá tuvo la culpa de que el Caligari se volviera un caradura por la más pura casualidad, JR Ewing la tuvo de sembrar la semilla de la corrupción entre los telespectadores.

 

Hasta la irrupción de este millonario sin escrúpulos de ficción, las series americanas televisivas, siempre habían tenido como protagonistas a médicos, abogados u otras profesiones honorables, cuya función en la pantalla no era otra que aumentar vocaciones universitarias en retroceso, despertando un puro modelo de imitación. La vuelta de tuerca que se produce con el imperio de JR, convierte en objeto de admiración  a un tipejo indeseable con un ansia desmedida por la ambición, el dinero, el poder, el enriquecimiento ilimitado y la corrupción.

En nuestros lares, caló tanto este nuevo modelo social implantado por Dallas, que faltó poco para que un burdo imitador del personaje, Mario Conde, se convirtiese en presidente de nuestro gobierno. La siembra de esos “nuevos valores” sufrió el espaldarazo definitivo con el encumbramiento social y periodístico de la beautiful people nacional, presentada en bandeja de plata por los mandamases socialistas del momento.

Los que decidían lo que se debía ver, admirar y pensar habían encontrado la gallina de los huevos de oro. Para que la vuelta de tuerca fuera perfecta, había que consolidar las admiraciones sobrevenidas. Hacía falta una antagonista femenina del pérfido JR, una indeseable como él, llamada a “normalizar” esas conductas ambiciosas y esos lujos soñados e inalcanzables para el gran público, especialmente el femenino. Dinastía lo logró con el personaje de Alexis no sé cuántos.

 

 

Fue tan grande el tirón del personaje y el de la propia serie, que la mismísima Barbie se vio afectada. La compañía Mattel rizó el rizo, creando unas muñecas inspiradas en la serie. El público infantil también se convirtió en objetivo.

 

Como no hay dos sin tres, Falcon Crest desembarcó también en España, obteniendo un éxito que no llegó a alcanzar en Estados Unidos. Aquí, las siembras anteriores habían dejado el terreno perfectamente abonado. Angela Channing, adornada por las mismas “virtudes” que sus predecesores, se convirtió en un paradigma más de la insidia y la ambición perniciosa. El círculo perfecto se había cerrado. Todas las teclas de la sociedad habían sido tocadas, desde la infantil hasta la de la tercera edad, que dejó de soñar con  los viajes del Imserso y empezó a hacerlo con amasar fortunas y viñedos.

 

 

El daño ya estaba hecho, y era irreparable. El telespectador español quedó atrapado en las redes del pensamiento global, orientado al triunfo de la corrupción y a su establecimiento inevitable en la sociedad. Los defensores del nuevo orden proliferaron como setas y se convirtieron en legión.

Esa normalización de la falta de escrúpulos y del todo vale para lograr el triunfo, la riqueza y el poder, se quedó pegado a las plantas de los pies de una gran parte de la población, como si fuese chapapote. Algunos, incluso, acabaron rebozándose en él.

Los afectados por este síndrome han perdido la perspectiva social y la capacidad de análisis. La línea básica de su pensamiento es muy simple: Consideran la corrupción como, la cosa más natural del mundo,  la única forma de amasar y atesorar riquezas, el único camino a seguir, aquel que no dudarían en tomar, en caso de tener la menor oportunidad, abrazando la misma religión de los bandoleros que han sembrado la vergüenza en nuestra sociedad y han esquilmado las arcas públicas, amparados por esos millones de votos manchados de alquitrán.

 

La mimetización está servida, la conjugación continua del verbo corromper también; la disculpa de los hechos, mucho más.  ¿Cuántas veces alguno de los que sostienen la trama con su apoyo en las urnas os ha preguntado si no habríais incumplido la ley para ayudar a familiares y amigos, en caso de haber ostentado el poder? ¿Cuántas, si no os habrías aprovechado de la situación? ¿Cuántas, si no os habríais enriquecido igual y de la misma forma? ¿En cuántas ocasiones se han reído delante de vuestras narices, diciendo: “Si no lo hubierais hecho vosotros, otros lo habrían hecho”?

Uno más uno, dos. La corrupción tiene el voto asegurado. La culpa es de JR.

 

 

El Ring se ha quedado vacío

 

Hace un rato que su hija me ha llamado por teléfono. Mi amigo, Vicente Leal, ha fallecido. Su espíritu permanecerá flotando entre las paredes de la sala El Ring, pero el escenario se ha quedado vacío. Su ausencia es demasiado importante.

 

 

No por esperada, la noticia deja de ser dolorosa para mí. He perdido al mejor compañero que pude tener para emprender cualquier proyecto artístico o informático, alguien dispuesto a ilusionarse y trabajar con entrega, puliendo y tratando de perfeccionar los detalles. Pero, sobre todo, he perdido a un gran amigo.

 

 

 

Por mucho que quiera envolver mi dolor con palabras, no quiero disimularlo. Está donde debe estar: ahí adentro, tan solitario como el patio de butacas y el escenario apagado, tanto como El Ring vacío.

 

 

 

 

El día de la marmota: ¡Mariano, sé fuerte!

Mi silencio prolongado en este blog se ha debido al bucle mental en el que las situaciones continuas y repetitivas del panorama sociopolítico han sumido a mis pensamientos. Cierta sensación de fatalismo ha minado el camino,  produciéndome una especie de bloqueo catatónico, alimentado por la desesperanza. Las denuncias de la corrupción y la sinvergonzonería, incluida mi modesta opinión a lo largo de varios años, parecen haber caído en saco rato, sin calar en la conciencia general, como, por otra parte, parecía bastante lógico.

 

Hace casi cuarenta y cinco años, codirigí el cine club de un colegio mayor universitario en Valencia. Recuerdo que la proyección de la película Gertrud (Dreyer, 1964) desencadenó una ola de protestas entre los alumnos, reivindicando un cine más digerible, más amable, con más acción, más lobotómico y que no hiciera pensar. Este último aspecto fue el leimotiv de la protesta: No pensar. Si una teórica élite cultural universitaria se comportaba de esa manera, ¿a qué tipo de futuro podíamos vernos abocados? Malos tiempos para la cultura, que producía, prácticamente, el mismo sarpullido cerebral que en la actualidad.

Conviene recordar que la película Sillas de montar calientes (Mel Brooks, 1974) fue la más taquillera en el momento álgido de aquella protesta en el colegio mayor.

 

 

Este blog comenzó su andadura a finales de septiembre del 2010. Produce cierto vértigo volver la vista atrás y releer algunas de las cosas que en él he publicado, sobre todo, porque muchas siguen teniendo una rabiosa vigencia. La situación política actual me deja la profunda sensación de haber vivido el día de la marmota de una manera cíclica y de seguir atrapado en el mismo bucle.

 

El desfile de corruptos y de desahogados que se ha producido en estas páginas no ha cesado, es más, ha incrementado su parafernalia con un caudal inagotable. En estos siete años, hemos asistido al triunfo del Partido Popular en tres elecciones generales. Los votantes españoles, en un puro ejercicio irreflexivo, desde mi punto de vista, otorgaron su confianza a un personaje que no la merecía en absoluto, ya que era el máximo responsable de los desmanes de un equipo que había sembrado la corrupción en todos los rincones del país, había chapoteado en ella y la había convertido en el deporte nacional con mayor número de practicantes. Semejante hecho surrealista resulta propio de la más espeluznante representación del teatro del absurdo.

La retahila de casos, frentes y procesos judiciales abiertos contra cargos  y allegados del PP, en estos últimos años, conforma una lista tan bochornosa, que el sonrojo no es suficiente. Ha habido gente de la mayor confianza de los jerifaltes del PP que han robado a manos llenas, mientras esos dirigentes, como poco, miraban hacia otro lado, permitiendo los desmanes de sus amiguetes, probablemente porque favorecían el llenado de las arcas del partido, no en una trama de financiación ilegal, sino en multitud de ellas. El torpedeo constante a las investigaciones, los nombramientos sectarios en determinados cargos de la justicia y los comportamientos cortijeros de los ministerios de Interior y de Justicia darían para llenar las páginas de una enciclopedia.

 

 

Esto sólo es una pequeña muestra. Hay mucha más basura escondida, mucha más. La única forma de que salga a la luz es poniéndole las peras al cuarto al ministro de Justicia (¡Menudo elemento!), recordándole entre todos a quién ha de servir, que no es precisamente a quien está sirviendo. Eso es lo que debía hacer un presidente como Dios manda, pero, ¿lo es Rajoy?

 

 

Parece que a los ciudadanos españoles se nos han olvidado muy pronto el tema de los sobresueldos, la liquidación de los discos duros de Bárcenas, los SMS, el pago de reformas con  dinero negro, los papeles de Panamá, Bankia, las tarjetas black, las fiestas con globos o con señoras de compañía y otras zarandajas, que pronto estallarán travestidas de financiación ilegal, pese a las zancadillas ministeriales e institucionales. A lo mejor, es que estamos todos atrapados en el día de la marmota.

La tercera dimisión de la lideresa parece un acto evangélico similar a las tres negaciones de Pedro a Jesucristo.

 

Llueve sobre mojado en el día de la marmota.

 

El PP recibió varias denuncias sobre González y no investigó nada

 

 

La tormenta perfecta ya está aquí : Gürtel – Lezo – Púnica

 

Escarbando cebollinos

 

Definitivamente, todos estamos atrapados en el día de la marmota, no es que sólo sea una sensación personal. El olor a podrido es tan insoportable e insostenible como lo era antaño. Pero el inefable Rajoy, incapaz de dar la cara porque es incompatible con su ADN, pone tierra de por medio y se esconde allende los mares. A su regreso del periplo, le espera algo a lo que ningún otro presidente de la democracia española tuvo que enfrentarse antes, durante el ejercicio de su cargo: declarar como testigo.

 

El auto de la Sala que juzga Gürtel aclara que el presidente del Gobierno “debe comparecer ante el tribunal”

 

No te preocupes, Mariano. Hace un año, según el barómetro del GESOP, el 60% de los españoles te culpaba de la corrupción y mira lo bien que te ha ido desde entonces. A tu partido y a las manzanas podridas, les ha caído tanta mierda encima que se han convertido en un estercolero, pero parece que sabes manejarte entre la inmundicia como nadie, mejor que un escarabajo pelotero. Mientras sigamos deshojando el día de la marmota, tú tranquilo. Sé fuerte o, simplemente, haz lo mismo que has hecho hasta el momento, poner esa expresión de bobo que tan bien te sale con ese inconfundible e incontrolable tic en tu ojo. Aunque, no te fíes. Si cambia el viento, lo mismo se esfuma el día de la marmota y te quedas con el culo al aire. ¿Crees que no? No te fíes. Vigila y sé fuerte, que si no, nadie querrá ser tu amigo y siempre habrá una lideresa que te niegue tres veces. Cuidadín.

 

 

Aprovéchate de la ignorancia y la incultura, de la sumisión y la cobardía, del desastre general. Eso, te sale de fábula. Cuéntale a los jueces la milonga que se te ocurra. Mariano, sé fuerte, porque, a los terneros, les pueden salir alas y entonces…