Este personaje, forjado en la guerra de los cipayos y creado por Vázquez, contaba sus batallitas sin parar, no sólo a los miembros de su familia, sino a todo aquel al que pillaba por delante.

Pues, muy bien, a uno se le queda cuerpo y mente del abuelo Cebolleta, cuando ve las imágenes de la represión de las manifestaciones estudiantiles en Valencia. Es difícil distinguir entre la actuación de la policía hace unos días y la de las huestes de la extinta Policía Armada.
Yo empecé la carrera en Valencia en Octubre de 1971, probablemente en la época más conflictiva de la universidad española. Durante ese primer curso, los grises protagonizaron un asalto a la Facultad de Medicina y al propio Hospital Clínico anexo, plagado de imágenes esperpénticas, difícilmente olvidables para aquellos que las presenciaron. Tras esa absurda demostración de fuerza, la Facultad fue cerrada durante poco más de un mes.
Entonces, cuando los cipayos ésos, las manifestaciones estaban absolutamente prohibidas. Las concentraciones de más de tres personas corrían el riesgo de ser consideradas asociaciones subversivas ilícitas, así que para qué hablar de las manifestaciones. Si se te ocurría asomar la cabeza por alguna de ellas, ya sabías a lo que te arriesgabas. Para empezar, te la podían abrir sin ningún tipo de complicación, a continuación podías ir derechito a la Dirección General de Seguridad y, finalmente, aspirar a una “mención de honor” en el Certificado de Penales. Triple riesgo al que había que sumar la opinión generalizada de: “Si te ha pegado la policía, es porque te lo has merecido” o “Algo habrás hecho, cuando te han detenido”. Era un peaje más que había que pagar por vivir en la burbuja social que la dictadura había creado a nuestro alrededor, inflamando todos los rincones con su zafia propaganda.
No era obligatorio haber hecho algo para que pudiera desencadenarse la ira policial sobre tus huesos, bastaba, simplemente, con que pasaras por ahí.
Puede que, ahora, lleguemos a pensar que todo eso ocurría en los tiempos de maricastaña, en los de los cipayos ésos, pero sucedió en el último tercio del siglo veinte, desgraciadamente, demasiado cerca para poder inspirar acontecimientos como éstos:
Transcurrida la primera década del siglo veintiuno, resulta que las viejas imágenes, los viejos hábitos, cobran cuerpo…
Al Jefe Superior de Policía de Valencia, la actuación le ha parecido proporcionada. Claro que habría que preguntarle cuál es su vara de medir o más bien de desmedir.
La Delegada del Gobierno en la Comunidad Valenciana está dispuesta a a investigar si ha habido extralimitación, previa denuncia. ¿Previa denuncia? Dudo que haya gente que posea mayor información al respecto que ella. Si no fuera así, le bastaría con darse una vuelta por Internet. ¿Previa denuncia?
Está claro que al enemigo se le reconoce enseguida. No lleva la misma camiseta que tú.
Si yo fuera un enemigo, estaría muy contento de haber recibido ese apelativo de labios de la autoridad competente, por lo menos en los tiempos de los cipayos ésos.
Ahora, los enemigos parecen haber encontrado un objetivo.
Pero parece que no podemos estar tranquilos. Los cipayos, ésos, tienen la fea costumbre de querer resucitar viejas gestas, amaneceres gloriosos, inmortales hazañas. El pasado es una línea difuminada, dispuesta a ser cruzada por viejos fantasmas.
Sería deseable que la llama prendida entre los estudiantes en Valencia se propagase a todas las universidades, a todos los institutos de España, porque los jóvenes van a ser, sin duda, los más perjudicados por el nuevo orden que nos pretenden imponer. Su futuro está amenazado. La respuesta no debería hacerse esperar.
La actuación de la policía ha dado la vuelta al mundo, no como en los tiempos de los cipayos, ésos, en los que todo se quedaba de puertas para adentro. La cultura de la imagen nos domina, señora Delegada del Gobierno en la Comunidad Valenciana y, dado que el verbo dimitir le resulta inconjugable, me parece una buena idea hacerme eco de una petición recibida.
Pide el cese de Paula Sanchez de León como delegada del gobierno en Valencia


Leer el atestado policial sobre los acontecimientos vividos en Valencia, es repugnante.
Escuchar al jefe de los que salvaguardan el Estado de Derecho y del Bienestar, protegiendo a los pacíficos ciudadanos de estos estudiantes guerrilleros urbanos, es descorazonador.
Ver qué clase de Delegada del Desgobierno tenemos en la Comunitat, pone de manifiesto la catadura moral e intelectual de los que la han puesto en ese sitio.
Ver cómo nuestra tv pública valenciana ha contado los hechos, resultaría chistoso si no fuera porque no tiene ni pizca de gracia.
Sinceramente, no sé qué se pretendía con esta actuación, pero en el mundo ya nos conocen, además de por el despilfarre, despipote y desvergüenza, por la tolerancia y mesura de la que han hecho gala nuestras autoridades y sus siervos.
Estoy de acuerdo contigo. Hay demasiadas cosas que no tienen gracia, pero lo de la utilización de los medios de comunicación tiene muy poca. No es nada nuevo, ya lo sé, aunque me llama la atención que una táctica tan antigua siga siendo tan efectiva. La manipulación, a la que quieren someternos de forma cotidiana es un escollo más a salvar, en el camino que debemos realizar para no acabar convertidos en esclavos.